El peluquero y el sheriff enano (extracto)

La influencia que El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) ha tenido en la literatura norteamericana en las últimas décadas es bastante notoria. Así podemos corroborarlo, por ejemplo, en una nota que Charles Bukowski envió a Lady Issabella McMacmac, una noble escocesa de dudosa reputación con quien el genial escritor y mejor bebedor mantuvo correspondencia en su ulterior época de fama. En dicha nota -que puede contemplarse en el Museo Bukowski de Salt Lake City-, Bukowski apunta lo siguiente: “… dos litros de vino recorriéndote las nalgas y algún que otro pedo. pero quiero que sepas, milady, que lo único que ahora me preocupa, más allá de que me recojas en el puto aeropuerto de cualquier sucia ciudad escocesa cuyo hedor es sólo comparable con la brea de LA, es terminar de leer este bodrio que ha escrito un tal El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) y que me está aportando ideas para mi próxima novela. así que ya te puedes buscar otra poll…”.

Según el experto en El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) Dr. Hartman Ghostgrey, de la Universidad Católica de El Congo, el “bodrio” al que se refiere Bukowski no es otro que una de las incontables novelas perdidas que escribió El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) : El peluquero y el sheriff enano. En opinión de Hartman Ghostgrey, “se trata de una de las obras cumbre del poco conocido llamado Movimiento del Realismo Muy Muy Mulo (MRMMM), del que incluso autores como el ugandés Isaac Momboto o el español Camilo José Cela han bebido o, en caso de este último, han vertido en un orinal con gran éxito”[1].

He aquí, pues, las primeras dos páginas de esta obra perdida y que el equipo de restauración de la Facultad de Literatura de la Universidad Jimmy Ray Spencer de Dakota del Norte han podido rescatar tras varios años de arduo trabajo:


A mi padre.

Y a mi perro ciego.

Los dos murieron ya.

1.

Mahaloosa es un pueblo de mierda a cuarenta millas de Oskaloosa. Oskaloosa es una ciudad a toma por culo en medio de Iowa. E Iowa un estado al que nadie le importa un carajo, como Idaho. Bernard era el personaje más singular de Mahaloosa: el único peluquero, el único estilista, el Jefe, el Elegido. Barbilampiño por más que ya tuviera treinta y tantos, se dejaba crecer una pelusilla rubia sobre el labio superior a la que calificaba como «bigote» y sus enemigos «mierda de bigote» con cierto desdén. A Bernard le faltaban las dos paletas superiores, por lo que su sonrisa era entre exótica y nauseabunda, muy de Ulán Bator del siglo XII por momentos. Su nariz se alargaba y sus ojos oscuros y pequeños un tanto bizcos y repugnantes no dejaban de temblar. Era de mediana estatura y no pesaría más de cincuenta kilos mal repartidos, muchos acumulados en el tumor benigno de la cadera. Pero si había algo que lo definía y lo convertía, como he dicho antes, en el tipo más singular del pueblo, eso era, sin duda, su peinado. ¿Cómo definirlo? Un jugador de la NHL de la temporada 1984-85 nacido en Moscú, estado de Montana, y que fuera un poco retrasado mental –tampoco es tan raro el concepto-, no se acercaría a su nivel a pesar de haber sido operado de un coágulo en la nuez que tenía por cerebro. Era, cómo explicarlo: imposible, un milagro de la estética [1].

Pero allá iba Bernard cada mañana: nevase o ardiera el asfalto, su esbelta figura se encaminaba hacia el ‘Bernard´s Barbershop’. Todo un acontecimiento social en aquel conato de pueblo, créanme. Y es que la pasión por el trabajo, la constancia y un olor corporal aceptable te hacen llegar a donde te propones. Tan bueno era Bernard en lo suyo que había provocado un cisma en el mundo del peinado en el pueblo: acabó con la hegemonía de Ray Mong, el peluquero gay afroamericano de ojos saltones y dientes blancos, de la saga de los Mong que llevaban peinando en Mahaloosa desde que echaran al último sioux a patadas en el culo. Al bueno de Ray no le afectó tanto como a su padre, Darius Mong, que la diñó de un infarto. De hecho, Ray aprovechó la coyuntura para coger la pasta de su viejo y largarse a Miami a ofrecer su negro culo. También coincidió el ascenso de Bernard con el trágico suceso de Monsieur Ledésme, un peluquero-barbero-gilipollas que iba de elegante francés el muy listo, pero que lo único relacionado con el país de esos amabilísimos hijos de puta que había visto en su vida era su mujer, Sharon, chupándosela a Billy Boy, el hijo mongólico del alcalde Delonte ‘Yellow Pampa’ Borger. Ledésme, aka Matt Jones, les voló la cabeza a ambos mientras practicaban la lengua que habla medio Canadá, la que es un poco menos imbécil; luego se arrojó delante del tren, salpicando a medio Iowa con sus jodidos sesos. ¿He dicho que a nadie le importa una mierda Iowa? Y Bernard se quedó solo, todo Mahaloosa para él, su peine y sus tijeras.

-Buenos días, Bernard.
-Buenos días, señora Farrah. Está usted hoy extraordinariamente bella, ¿no se lo han dicho?
-Oh, Bernard, Bernard. Eres un sol.
-Usted es el sol que me ilumina cada mañana, señora Farrah. ¿Lo de siempre?
-Por supuesto, hijo.
Y Bernard procedía a lavar el escaso pelo de su clienta, a frotarle con todo el amor del mundo el champú y la mascarilla más baratos que los pasantes indios comerciaban, a hacerle una permanente sublime y a dejarla como una puñetera piltrafa chamuscada. El cadáver de María Antoñeta tendría mejor pinta que la señora Farrah, pero ella, como el resto de sus vecinos, no se dejaba llevar por la moda, sólo quería que Bernard impusiera sus manos sobre sus cabezas cual mesías capilar. Se sentían muy bien, en una nube, porque Bernard ponía pasión a su trabajo, y cuando le pones pasión y tu olor corporal es relativamente aceptable…
Pero él tenía algo especial, además de su pinta. Bernard se convirtió en un dios en Mahaloosa, superando incluso a la famosa jubilada Fanny Dorset, la mujer sin brazos que tocaba la pianola con los dedos de los pies y un pollo que domesticaba a tal fin. De hecho, Bernard y Fanny eran muy amigos e incluso se rumoreaba que tenían un affair pseudoromántico. Los enemigos de Bernard se contaban con los dedos de un pie de Fanny Dorset: el reverendo Ephrain Johnstone y el Sheriff Walter ‘Big Chuck’ Gonsalves. Menudos bastardos corruptos. El padre Johnstone era un borracho de doscientos kilos de grasa cristiana al que no le importaría recuperar antiguas y nobles tradiciones como el derecho de pernada y la hoguera para toda aquella mujer que no quisiera aceptar a su monaguillo escondido. No soportaba a Bernard porque encandilaba a sus feligresas y le regalaban más tartas de manzanas que a él. Y porque era calvo y tenía eccemas y pústulas asquerosas en su divina calva. Por su parte, ‘Big Chuck’ Gonsalves odiaba a todo el mundo, vivo o muerto. La razón: un jodido e incomprensible complejo de inferioridad provocado por una mezcla de sangre sioux, mejicana, uzbeka y de Idaho. Más cruzado que el chucho de un vagabundo austríaco en China. Era, además, un enano. No quiero decir que fuera bajito como Al Pacino o Tom Cruise, sino que sufría de acondroplasia. Joder, un enano de circo. Todo aquél que no lo conociera podría confundirlo con un pitufo mejicano de gran bigote negro disfrazado de Sheriff del Condado de Guacamole D.F. Sólo le faltaba decir “¡Chanfle, no estasione acá el auto!”[2] y que un tipo de estatura normal, vestido de saltamontes rojo, le endiñara una tarta de merengue en la cara, alcanzando los niveles de humillación más altos registrados desde las ovejas violadas del Senado. Y él lo sabía. Y él era tan hijo de puta por eso mismo. Y ay de aquel malnacido capullo que la cagara. Y el calabozo lleno de forasteros rubios que se rieron de un enano con estrella en la pechera. Rubios californianos que no sabían dónde se habían metido, y menos aún con quién.

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[1]Los milagros no tienen por qué ser siempre extraordinariamente positivos para la humanidad, los hay raros de cojones, como aquella niña francesa sordociega que… Joder, no lo recuerdo ahora, pero salió en todos los periódicos y un par de japoneses sociópatas se suicidaron en su honor. “Allez Banzai, allez!”, gritaron antes de tirarse de un noveno piso. Pobres subnormales. (N. del A.)

[2]En español en el original (N. del T.)


[1] Cecil Hartman Ghostgrey, Una pormenorización heterogénea de la generación beat y parte de Argentina, Chicago-Sevilla, 2004, p. 188.

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