Lo que Dante Alighieri olvidó

De todos es conocido el período de depresión que atravesó El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) en su juventud. A este respecto, son varias las opiniones de expertos que intentan hallar la causa de esta situación. Para el reconocido psicoanalista y barítono Dr. Evander McMillan, la razón más plausible se hallaría en “la desazón que El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) sufría ante lo que sus sabios y ponderados ojos observaban a su alrededor: la guerra de Vietnam, la primavera del 68, la muerte de Boris Karloff… Su privilegiada mente no entendía el mal funcionamiento de una sociedad habitada por especuladores de la razón“[1].

Por su parte, la artista experimental y estudiosa de la obra de El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov), Klöe Steuer Von-Steisslersenhald, afirma que la causa de la depresión provenía de “la oscuridad que abate el alma de la lluvia en un otoño galáctico sin fin“[2].

En los extractos de su diario que pudieron salvarse del fatídico huracán Stacey que arrasó Oklahoma en 1988, encontramos un episodio en el que nuestro autor describe con gran maestría aquellos meses oscuros:


Definitivamente, Dante Alighieri no pisó un gimnasio en su vida. De haberlo hecho, lo habría situado en el puto infierno de su Divina Comedia. No sé si en Florencia hace mucho calor en pleno agosto, pero en Beverly Hills sí. Y de cojones.
Yo estaba gordo, en efecto. Las pastillas para dormir, el vino barato de la licorería y las ingentes cantidades de cerveza en el Landon´s. Sí. Puse unos kilos en cuestión de un par de meses. Concretamente cuarenta. Una joven realidad de la cultura tiene que dar el pego estético en las fiestas de la editorial. Y pesar cientoveinte kilos de desidia, por muy circunstancial-guión-temporal que fuera, no parece lo más aceptable. Así que, aprovechando el ínterin entre dos novelas de dudosa calidad que la editorial me obligaba a escribir, mi agente de entonces, Dan McNaughty, me recomendó acudir a un maldito gimnasio.
-Apúntate a un gimnasio. Joder, pareces el grasiento huevo de un triceratops -me dijo mientras nos hartábamos de ácido con whisky en una fiesta que daba Kerouac en su casa de Florida, poco meses antes de espicharla.
Al día siguiente le pedí opinión a mi psicólogo, Chester Weintraub.
-Te vendrá bien -afirmó-. Y deja de comer filetes de kobe, acabarás obeso y arruinado, y mi yate no se paga solo.
Era un gran psicólogo el doctor Weintraub: siempre daba en el punto exacto de tu cartera.
Un amigo de un amigo de un amigo mío al que no recuerdo me recomendó un gimnasio de Beverly Hills donde iban los famosos. Yo no era famoso, pero bebía y comía como todos ellos juntos. Ahí iba yo, en mi Pontiac amarillo, camino del infierno una calurosa tarde de agosto de 1969. Tres manzanas antes de empinar para Beverly Hills, vi una licorería. Aproveché para comprar un par de botellas de vino francés que iba a llevar a una fiesta que daba Sharon Tate esa noche en su mansión, casualmente muy cerca del gimnasio. Por lo visto, le gustaba mi obra y toda la filosofía que de ella emanaba. A quién no.
Ya ahogado por el ardiente abrazo del sol californiano que rodeaba mis reservas de grasa recién adquiridas, entré en el gimnasio. Joder, ahí es donde aparece el bueno de Alighieri: el infierno.
Aún hoy, tantos años después, no sé qué es lo que me noqueó más: la vista, el olfato o el oído. Los otros sentidos, gracias a dios, no entraron en juego. Los tenía atrofiados.
La componente visual era apocalíptica: máquinas y máquinas de hierro moviéndose al son de un ferrocarril fantasma. Era como un puzzle mecanizado que, bajo el efecto óptico del naranja atardecer angelino, recordaba a una versión hecha por el joven Dalton Trumbo del Tiempos Modernos de Chaplin. Nunca he sido muy amante de las máquinas, excepto las que hacen el trabajo por ti y te ahorran tiempo para despotricar de tus vecinos. Pero en un gimnasio, tú les haces el trabajo a las máquinas. Era un universo deus ex machina mortífero.
La segunda impresión tuvo lugar en mis fosas nasales: un nauseabundo hedor a sudor, testosterona, perfumes franceses y limpiador químico amoniacal. Los famosos, por muy famosos que sean, también cagan y sudan. Y que dios venga y me contradiga si esos famosos no eran mofetas putrefactas bajo el ardiente sol de Arizona.
Y el tercer gancho a mi privilegiada mente: el sonido. Aparte de algún que otro chirriar de las máquinas, podía escuchar clara y nítidamente gemidos. Gemidos humanos masculinos. Lo que uno no quiere escuchar nunca a no ser que te llames Rock Hudson. Aquellos adonis olímpicos de dorados cabellos y cegadores sonrisas gritaban, mientras reventaban sus músculos con pesos imposibles, como si fuese el último orgasmo de la historia. “Aaaaaargh, urrrrrffff…”. No supe distinguir entre el dolor y el placer de aquel sonido. Disfrutaban con el sufrimiento, pues sólo sufrimiento y ego es el ejercicio físico. Era como una sodomización cósmica o algo así. La tensión se me subió a 25-18 por lo menos. Yo he sido deportista toda mi vida, pero con el honor del aire libre. Aquello era un teatro dantesco. El gimnasio es al deporte lo que el country de Missouri a Johann Sebastian Bach.
En esto que se me acerca un monitor bajito y atlético con un marcado acento francés.
-Bienvenido, señor XXXXXXX. Su amigo, el señor XXXXXX, nos avisó de su visita. Y coincido plenamente con él: necesita nuestra ayuda.
El jockey franchute era inmune a mi mirada asesina. Rellené un formulario y pagué por adelantado los 500 pavos de matrícula y otros 50 por torturarme esa semana. Ser famoso implica que te timen. Lo veo bien. Pero yo no era famoso.
Fui al vestuario y me cambié, ignorando, como si nada, a los dos tipos que se estaban deleitando frente al espejo, comparando, con proverbial masculinidad, la fortaleza de sus brillantes muslos.
Salí y al monitor bajito no se le ocurrió nada mejor que ponerme a correr como un pavo en una cinta automática. Hacía tanto calor. Tantísimo calor infernal. Al poco de comenzar, la máquina asesina comenzó a aumentar y aumentar la velocidad. Sin avisar. Recuerdo que, ante una velocidad cercana a la de la luz, tropecé y caí de bruces sobre la cinta, la cual me envió violentamente hacia atrás, dando la maldita casualidad de que mi entrepierna chocó contra la ferrosa base de un soporte para pesas, las cuales se me cayeron sobre la espalda y el cráneo.
Cuando desperté, todos aquellos seres infrahumanos me observaban con ninguna pizca de preocupación. En sus ojos brillaba el asco. El monitor de acento francés intentaba consolarme y disculparse una y otra vez ante una posible denuncia. Los observé a todos, uno por uno. Analicé la escena. Y entonces me tiré un jodido pedo, el pedo más intencionado y repulsivo de la historia, tanto que incluso manché los calzoncillos. Los dioses menores se largaron apestados, chillando como niñas idiotas. Me levanté como pude y fui al mostrador. Agarré los 550 dólares que me había costado toda aquella pantomima asesina y, como si un camión cisterna me hubiera pasado por encima, me subí a duras penas en el coche y me largué pitando a casa.
Cuando llegué, me metí en la bañera, abrí el grifo de agua fría y descorché una de las botellas de vino francés. Me la pimplé de un trago. Llamé a mi agente para que me disculpara ante la Tate, pues tenía el cuerpo destrozado y no podía ni moverme de la bañera. Después llamé a mi colega Charlie Manson para avisarle de que lo de la fiesta se había jodido y que no se presentara allí sin mí porque sería una situación embarazosa. Pero no contestó a mis llamadas.
A la mañana siguiente me enteré por el LA Times de que la fiesta fue un absoluto fracaso. Menos mal.


[1] Glenn Evander McMillan, Un apocalipsis en forma de tubo, ed. Siracuse-Adelman, Sidney, 1995, p. 144.

[2] Klöe Steuer Von-Steisslersenhald, Conversando con el rey albóndiga, art. publicado en el nº 3.776 de Underfrüten Van den Spiegel Zeist Du Hast Volskwagen Cinemaskope.

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7 pensamientos en “Lo que Dante Alighieri olvidó

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