5 octavas y media de pura pasión

Incontables son las relaciones amorosas que se le han adjudicado a El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) durante toda su existencia entre nosotros: mujeres -y hombres- que, década tras década hasta su misteriosa desaparición, sucumbían al arcano atractivo de nuestro autor favorito, cuyo don de lenguas universal y privilegiada mente combatían por igual con un físico grecolatino portentoso sólo comparable a los campeones olímpicos atenienses y a un par de nadadores húngaros.

“Ver de cerca a El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) era como contemplar el David de Miguel Ángel en tu cuarto de baño. Su sola presencia encendía un volcán interno en todos los que estábamos a su alrededor: ostentaba una elegancia natural, unos movimientos cadenciosos y unas miradas furtivas que te acongojaban hasta decir: ‘¡Basta, oh dios que estás en la tierra, dame tu maná!’. No había visto nada igual desde Paul Newman cocinando una salchicha”, comentó la afamada dramaturga irlandesa Vicenza Thompson en un programa infantil de la BBC en 1980.

Una de sus innumerables conquistas, según ha publicado recientemente la prestigiosa revista Human Bacon, fue la malograda y talentosa cantante de soul Minnie Riperton. La anécdota que hoy publicamos pudo ser, en palabras al canal Arte del Dr. François Lacômbe, profesor de Periodismo Muy de Investigación de la Universidad de La Sorbona, “el impulso definitivo que la joven Riperton necesitó para convertirse en una de las grandes voces soul de los setenta. Digamos que, este furtivo encuentro entre ambos, fue el detonante por el que Minnie Riperton alcanzara su nombre en la historia”.

Copiamos aquí el artículo publicado el Dr. Lacômbe en el número 345 de la edición eslovena de Human Bacon:


5 1/2 octavas de pura pasión

François Lacômbe, Paris-Chicago

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El histórico Hilton Chicago, ubicado cerca de Grant Park, en el centro de la Michigan Avenue, fue testigo de su corto pero intenso y sonoro romance. Corría el año 1970. Minnie Riperton consideraba por un lado continuar con su formación actual, The Rotary Connection, o, por otra parte, emprender su carrera en solitario. De visita en su ciudad natal mientras su marido se encontraba trabajando en Los Ángeles, Riperton decidió pasar el fin de semana en un hotel, alejado de todo y todos, buscando un hueco solitario en el que reflexionar sobre una decisión que podría marcar su futuro.

Se alojaba en la habitación 222. Encerrada en ella desde su llegada a la ciudad, y mientras le daba vueltas y más vueltas al asunto que tanto le preocupaba, Riperton escuchó repentinamente una melodía encantadora procedente de la habitación contigua. Jamás en sus veintitrés había escuchado algo semejante: una sinfonía celestial creada por arcángeles obcecados en el hallazgo de la belleza sonora total. Nunca antes en su corta vida, a pesar de su contrastada formación musical en el Lincoln Center, había escuchado sonar un ukelele de esa forma tan asombrosa. La curiosidad pudo con la terrible disyuntiva que le embargaba y pronto llamó a la puerta de la habitación 223. Toc, toc. La música divina se detuvo. Un paso, dos, tres y así hasta ocho. Puede que nueve. Dicen que pudieron ser diez. El picaporte del que colgaba el cartel de Do Not Disturb giró y la puerta se entreabrió. Una brisa acarició el rostro de Minnie Riperton, una agradable fragancia a nachos que despertaría los apetitos más atávicos de medio México D.F. Un joven blanco, desgarbado y atractivo, de su misma edad, la observaba de hito en hito con ojos curiosos y sabios. Sin mediar imprecación, saludo o pregunta, el joven, con una voz limpia como el cielo estival, dijo:

-Supongo que vienes por mi Sinfonía nº 3 para Ukelele, también titulada Spiegelei [1].

Riperton asintió. Entonces, el joven la tomó suavemente de la mano y la invitó a entrar a la habitación 223. Riperton dudó sólo una micra de centésima de segundo. Allí dentro disfrutó de un increíble y magistral recital de ukelele: sonaron clásicos alemanes del siglo XVII como Die Austern sind morsch [2], inconfundibles estándars jazzísticos del Missouri más racial como Ma, da sheep is bleeding! [3] o canciones españolas tradicionales para ukelele como Ay que mi pare parece mare.

Acto final

Las horas transcurrieron, mas el tiempo permaneció suspendido en la habitación 223 del Hilton Chicago de la Michigan Avenue. Finalmente, tras disfrutar de mutua y agradable compañía, música, conversación, anécdotas, nachos, tequila y algo de LSD, los dos jóvenes se fundieron en uno. Varias veces. Y todos los testigos (clientes y personal del hotel venidos de todos los puntos del mundo) siguen asegurando hoy día que la habitación 223 retumbó en un tempo que se desarrolló tal que así: adagio / allegro / presto / adagio molto / molto presto / agitatto / molto agitatto / adagio ma non troppo / moltíssimo agitatto / ridicola velocitá, y que, una vez llegado el clímax, Minnie Riperton alcanzó al fin las cinco octavas y media (algunos japoneses aseguran que fueron seis y un cuarto), haciendo añicos los cristales de toda la segunda planta y los tímpanos de ventisiete testigos apostados en la puerta de la habitación 223 del Hilton Chicago de la Michigan Avenue.

Fue sin duda entonces cuando Minnie Riperton halló la respuesta a su duda existencial: emprendería la carrera en solitario para compartir con el mundo sus increíbles facultades vocales, aquellas que fueron hiperdesarrolladas por el talento de aquel enigmático joven.

Pocos años después, Minnie Riperton alcanzaría la fama internacional y el reconocimiento de la crítica y público con un tema dedicado a aquel joven que se hacía llamar El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) : Lovin’ you.


Aquí podemos disfrutar de dicho tema:


[1] El huevo frito (N. del T.)

[2] Las ostras están pasadas (N. del T.)

[3] ¡Madre, parece que la oveja está sangrando! (N. del T.)

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2 pensamientos en “5 octavas y media de pura pasión

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