Crisis? What Crisis?

Las crisis, tal y como apuntara el ínclito Hari Sheldon (sí confundir con el personaje de Asimov) a través de celebrada corriente llamada psicohistoria, están programadas para repetirse una y otra vez a lo largo de los tiempos, con diferentes actantes y contextos, pero con una misma raíz de cambio, desarrollo y evolución. Una muestra de esta sentencia lógica anticipada por el visionario matemático Sheldon (sí confundir con el personaje de Asimov) la encontramos en un artículo que El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) publicó en mayo de 1972 en la prestigiosa revista underground Absolute Shit.

En opinión de Dr. Eurípides Jackson, profesor titular del departamento de Lógica Matemática y Ética Subversiva de la Universidad Pública de Las Vegas, Nevada, esta historia “puede trasladarse perfectamente a la realidad que vivimos en estos aciagos días donde la miseria existencial es sólo comparable a las largas colas para comprar el último disco de Madonna, esa mujer símbolo de la destrucción moral del capitalismo más decadente. Atrás quedaron los tiempos de Burt Bacharach o Doris Day, cuando escuchar música en el ambigú con los chicos comportaba menos peligro que un boy-scout albino en Harlem. El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov), como antes hiciera Hari Sheldon (sí confundir con el personaje de Asimov), nos avisó cuarenta años atrás, ¡nos alertó! y ¿qué hemos hecho? Nada. Y ahora esto apesta más que el culo de un babuino muerto” [1].

Aquí podemos disfrutar del afamado escrito que El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) publicó en su columna semanal de Abolute Shit durante el período comprendido entre 1972 a 1976, también conocido como su Época Amarillo Neón:


Marv & Gladis

Marv and Gladis 1972


May 5th, 1972by El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov)

***

Marvin abrió con abatimiento la puerta de su apartamento a las 17:42 horas, la misma rutina de cada día durante los últimos cincuenta y siete años. Colocó su sombrero marrón de ante coreano en la percha que su tía Daphne, la borracha de Tacoma, le regaló por el día de su boda. La percha era la cabeza de una cabra disecada con gafas de sol y un puro en la boca. Del cuello colgaba un cartel escrito con mierda humana que decía «Demócratas hijos de puta».

El olor a rico y nutritivo maíz hervido, plato que a Marvin le chiflaba tanto como un baño caliente a un gato viejo, inundaba el salón. A lo lejos -unos cuatro metros- Marvin podía escuchar el más que presumible diálogo erótico entre el doctor Gerald Malloy y la atractiva Karen Wallace, los personajes protagonistas de la soup opera Darling, the morning is coming, el programa de televisión favorito de su esposa Gladis. El volumen del televisor descendió abruptamente.

-¿Marv, eres tú, querido? –preguntó su esposa desde la cocina.

Pero esta vez, por primera vez desde que el tiempo se mide en horas y minutos y no en excusas, Marvin no respondió con su conocido «Sí, cariño, soy yo». Su única respuesta fue una lágrima silenciosa que recorría sufridamente la barba de tres días, grisácea como el rompeolas invernal de una playa de no sé dónde con el agua gris y llena de algas y basura.

-¿Marv, cariño? –preguntó nuevamente Gladis con tono preocupado.

Marvin desplomó todo su peso en el sofá de escai, sollozando como un niño pequeño al que le han dado treinta y dos patadas en el abdomen. Ni una más, ni una menos. Gladis salió de la cocina y se situó frente a su marido. Su delicado rostro de mujer octogenaria se descompuso hasta parecer nonagenaria. Algo iba mal, podía notarlo en el ambiente enrarecido. Algo maligno, conocido, atávico.

-¡Joder, me cago encima! –dijo mientras corría torpemente hacia el armario.

Marvin continuaba llorando en silencio, un silencio frío y vacío, solamente roto por los gemidos e ignominias de esfuerzo de su esposa.

Al par de minutos, Gladis salió del interior del armario.

-Maldición, no recordaba que el baño fuera tan pequeño. He tenido que cagar dentro de una caja de zapatos.

-Ahí estaban guardados todos nuestras fotos y recuerdos, mi querida Gladis.

-Pues ahora también recordaremos el guiso de maíz de anoche –respondió ella-. Por cierto, Marv, ¿qué demonios te ocurre?

Su marido no pudo mirarla a los ojos, probablemente porque Gladis no tenía ojos.

-Verás, Gladis…

Marvin no fue capaz de continuar.

-Un momento, ese tono tuyo lo conozco muy bien… ¿Has cambiado la casa por un cromo de béisbol a un niño chino de siete años cuyos padres son hermanos?

-No, yo…

-¿No te habrás peleado otra vez con el señor Gonzales, el hombre enano imaginario del 5º, el mismo que sodomizó a nuestro gato? -inquirió Gladis.

-No, no me lo he encontrado desde hace días…

-¿Te has vestido de prostituta ofreciendo servicios carnales al tercer regimiento de infantería inglesa gritando «¿Es eso un pene, soldado?» mientras lamías lujuriosamente un loli-pop, apoyada en el capó de un Mustang del 54 en un autocine en el que proyectaban Resplandor en la hierba?

-Era joven, no sabía lo que hacía… No, peor que eso.

-¿Peor que eso? –chilló Gladis frente a la cabra-percha.

-Verás… me… me han despedido, Gladis -apenas pudo farfullar Marvin. Luego, se armó de valor y añadió con tono perentorio-: El señor Blackoak ha decidido hacer un expediente de regulación de empleo en la redacción del World Of Mayonaise. En concreto, el expediente afecta a un trabajador, y por lo visto ése soy yo. Según parece, mis artículos sobre la semiología en el ámbito de la lingüística japonesa no entran en la nueva estrategia de expansión del grupo. Ahora quieren dedicarse a vender calcetines. Si bien, el señor Blackoak se ha mostrado bastante generoso y me ha extendido un cheque por valor de veinticinco dólares y un cenicero de acero inoxidable como compensación a cincuenta y ocho años de servicio a la empresa familiar. El problema es que… -inspiró profundamente- el banco nos va a echar de casa en menos de dos semanas. Estamos arruinados, jodidamente arruinados. Se acabó, Gladis. No tenemos nada, ¡nada!

Gladis permaneció en silencio lo que dura un anuncio de televisión en Polonia. Su rostro era la viva imagen de la desazón y la angustia, si a desazón y angustia llamamos a una anciana sin ojos que se hurga la nariz.

-¿Qué decías? No te he oído, estaba recordando aquel día en el que castraron a mi padre por violar al caballo del alcalde O´Carrighan -dijo Gladis-. Menuda juerga.

-Oh, no decía nada, no te preocupes -respondió Marvin con resignación-. No importa. Todo está bien.

-Perfecto. ¿Qué quieres cenar esta noche, Marv? He preparado maíz hervido y bistec de sucedáneo de vaca. Creo que está hecho de maíz y restos de sardinas -dijo Gladis mientras se dirigía a la cocina.

Marvin sonrió levemente y contestó:

-No. Esta noche cenaremos fuera, cariño.

-¿Fuera? ¿A qué te refieres?

-¿Qué tal un italiano? -propuso Marvin.

-Son atractivos a la par que impetuosos.

-Iremos pues al Porco´s. ¡Póngamonos elegantes, Gladis, como cuando íbamos al puerto de Pensacola a robar las sobras de los mendigos! -exclamó con entusiasmo Marvin.

-De acuerdo, cariño -asintió su esposa-. Espera un momento. ¿Dónde demonios estará mi vestido del baile de graduación?

-Nunca tuviste un baile de graduación. Ni siquiera sabes escribir.

-Por eso nunca lo encuentro. Malditos políticos con sus corbatas y sus dientes de marfil pulido. Los ahorcaría a todos -sentenció Gladis.

El anciano matrimonio se colocó sus mejores galas. Estas consistían básicamente en ropa más vieja, arrugada y polvorienta que el escroto del abuelo de Larry King. Aun así, Marvin creía que Gladis era la chica más bonita de todo Ohio y parte de El Paso, Texas. Era su esposa, la madre de los que pudieron ser sus hijos y nunca tuvieron, la misma que mató al gato obligándolo a beber amoniaco en vez de leche. No permitiría que ella sufriera jamás. Por eso, justo antes de salir hacia el Porco´s de la Avenida Richard Pryor, Marvin dejó abierta la llave de paso del gas de la cocina, no sin antes asegurarse de que todas las ventanas estuvieran bien cerradas. Echó un último vistazo al que fuera su hogar durante los últimos cincuenta y siete años. A las 22:00 horas en punto comenzaría, como cada viernes noche, el programa de «negros y cobrizos drogadictos que bailan de forma lasciva» que tanto le gustaba a Gladis.


[1] Eurípides Jackson, En crisis y Dios sigue de paseo, Las Vegas, Nevada, 2012, p. 491.

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