Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (II)

[Viene de Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (I)]


(…) Estuve toda la tarde dándole vueltas, intentando escudriñar un diagnóstico tan certero como inútil para Billy. Aquella pistola, ahora fría e inmóvil sobre la mesa, tan pequeña y mortífera como una viuda negra, me miraba recordándome cuál era su origen allí conmigo. Entonces ni siquiera podía servir para que Billy acabara de una vez con su sufrimiento o para defenderse de cualquier matón empapado en ácido y eufórico por acatar órdenes relacionadas con conceptos tan concretos como “arrancarle los huevos” o “zapatos de hormigón”. Tuve la sensación de que le había robado su única salida. “Compulsivo logra establecer una situación en la cual está fuera de control”, leí al cabo de un rato en uno de mis papeles. Qué fácil fue describir a un enfermo a punto de dejar el tabaco tras perder veinticinco de los grandes.

Al tacto, aquella pequeña herramienta de hacer viudas alcohólicas era realmente suave, perfectamente adaptable a mi mano femenina. No podía ser… Mi estómago, que tantas buenas úlceras ha producido a lo largo de mi vida adulta, me empujaba a hacer algo por aquel desgraciado. Me resistí. Encendí un pitillo y tragué el frío y amargo café. Suspiré profundamente, intentando pensar en otras cosas, en pastores alemanes corriendo por un verde prado o en nadadores desnudos corriendo por un prado de un color en el que no lograba fijarme. No podía ser. Busqué entre los papeles, mis anotaciones, sus fichas médicas y di con lo que no quería dar: aquella nota del comienzo de la terapia dos meses atrás: “… el personaje de Mike, el «Jugador Invencible». Visto como omnisciente, «el que castiga». CASA DE JUEGOS.” Me imaginé al tal Mike como un tipo duro, seguramente un gordo seboso de pelo grasiento, parche en el ojo y el nombre de su mamá tatuado en el pecho; un tipo que no dudaría en matar a cualquier charlatán imbécil que no le pagara una deuda de póquer por irrisoria que fuera.

Pero la imbécil fui yo y allí me encontré al cabo de una hora o algo más. Aquel edificio, abandonado a las ratas, a la mugre y a los mendigos, era de un ambiente tan exquisito que se hacía difícil distinguir qué era qué y qué olía a qué. Estacioné la Harley dos manzanas atrás para que no me la robasen o la utilizasen de leña esos malditos vagabundos-enganchados-a-la-morfina. Estaban tan colocados que ni siquiera se percataron de mis hormonas femeninas… ni del olor a güisqui barato que emanaba de mi boca. Ahora quizá me arrepiento de haber dejado a mi ‘pequeña’ tan lejos de mí.
Tras preguntar a un yonqui, al que pagué con un pitillo, pude encontrar el pasillo donde se suponía que estaba la sala de juegos de mi ‘amigo’ Billy. Del interior de la cazadora saqué mi petaca plateada, con la bandera sureña en el centro, y le di un trago enorme, como en los viejos tiempos de universidad. Me acerqué a la quinta puerta por la izquierda. Un metro más allá había un tipejo tirado en el suelo, inconsciente y con los dedos morados, rotos. Debía de ser allí. Sobre el marco superior de la puerta había un cartel raído y oxidado: “CASA DE JUEGOS. BACKGAMMON, AJEDREZ, PIMPÓN, BILLAR.” Supuse que aquel tío destrozado en el pasillo habría hecho la apertura española a alguien al que no le gustaba que le atacasen tan pronto. Abrí la puerta y entré sin saber qué me encontraría, ¿quizá un montón de chinos jugando al pimpón como locos? No, allí había dos mesas de pimpón y una de billar más viejas y desconchadas que la tumba de mi tatarabuela Ford en New Hampshire. Dos tipos jugaban al pimpón, pero no parecían chinos, sino de Ohio. En el lateral derecho de la sala estaban las mesas de cartas y en una de ellas dos viejos desdentados y adormilados jugaban al gin. Esos sí que parecían tener la edad de la tatarabuela Ford. En el lado izquierdo estaba la caja y detrás de ella un tipo bajito, calvo y con bigote que no dejaba de mirarme bajo una visera verde. Estaba realmente nerviosa, pero no quería aparentarlo. Decidí hacer la apertura francesa en mi particular partida de ajedrez… o de ruleta rusa. Así que saqué un cigarro de mi pitillera plateada de los Red Socks e hice como si no encontrara un encendedor en el interior de la cazadora. Me acerqué a la caja.
―¿La ayudo? ―me preguntó.
―Sí. Necesito una cerilla, encanto.
Con cara de indiferencia me dejó una. Encendí el pitillo lo más sensualmente posible, pero o soy un insulto para el género femenino, cosa que no creo, o ese tío no estaba muy interesado en las mujeres, sino más bien en los dos viejos aquellos.
―¿Busca pareja? ¿Para jugar a algo? ―me preguntó señalando la zona de juego.
Sí, en ese momento lo que yo estaba pensando era en jugar con los vejestorios al strip póquer. Comencé realmente la partida.
―Busco a Mike ―le dije tan segura como que él se ponía sujetadores de encaje.
―¿Quién es Mike? ―se hizo el tonto.
―¿Le puede avisar?
―No creo que Mike esté aquí.
―¿Por qué no va a ver?
El tipo se encogió de hombros ―aún más― y se levantó del taburete sin que se notara apenas la diferencia de estatura. No debía medir más que Mickey Rooney cuando lo circuncidaron. Se dirigió a una puerta que había detrás de él y la abrió. Una humareda de tabaco salió de su interior. Allí dentro estaban jugando, y no precisamente al Monopoly. El cajero llamó con la mano a alguien que se acercó a la puerta. Comenzaron a cuchichear sin que pudiese enterarme de nada. Kareem Abdul Jabbar se giró y me señaló, y entonces pude ver a un tipo que me miraba extrañado desde el interior de la habitación. Se acercó. Estaba segura de que era el tal Mike, pero para mi sorpresa no se trataba de un gordo con parche y el nombre de su querida madre tatuado, sino un tipo ciertamente atractivo, de treinta y tantos, con las facciones marcadas a lo Lincoln pero simétricas, y el pelo negro y ondulado, salpicado de canas en las sienes. Era delgado aunque de complexión fuerte, con los hombros anchos. Su barba cana de cuatro días le daba un aspecto más dejado pero maduro e interesante a la vez. Al lado de ‘Gruñón’ parecía un adonis celestial.
―¿Qué coño pasa? ―me preguntó malhumorado.
El pequeño Cupido volvió a su taburete. Mike me observaba aparentemente enfadado.
―Busco a Mike ―contesté.
―Mike no está aquí. ¿Qué quiere?
―Un amigo mío… ―comencé a explicarle.
Entonces le di una calada larga a mi cigarrillo para intentar psicoanalizar a ese tipo en nada de tiempo y saber cómo entrarle de forma que no me mandase directamente a la mierda.
―Al grano, estoy muy ocupado, ¿qué quiere de Mike?
Cambié de táctica utilizando sus mismas armas.
―Se lo voy a decir porque usted es Mike ―le dije severamente― y quiero que me escuche, porque ha amenazado de muerte a un amigo mío.
Un amigo mío… ya, claro.
―¿He hecho eso? ―preguntó irónico Mike.
―Sí. Es exactamente lo que ha hecho. Y le aviso, ‘Mike’, que ese comportamiento no me va ―le recriminé como una esposa a su marido tras haber intentado hacer cosas antinaturales en el catre―. Si va en serio o no, no me importa porque no lo va a hacer. Ahora: se trata de un chico enfermo. Es un jugador compulsivo y no tiene…
―Espera, espera, espera ―interrumpió acercándome la palma de su mano a mi boca sin que pudiera evitar sentirme algo excitada―. ¿A qué viene esto? ¿Qué me vas a hacer, qué me estás contando? ―bajó su mano y se quedó mirándome fijamente a los ojos. Entonces pude fijarme en los suyos, que eran de color miel―.Y si soy un tío tan malo, ¿por qué no saco una pistola y te vuelo en mil pedazos?
―Te diré por qué. Porque creo que eres sólo el bocazas de la clase…
Ése fue, tristemente, el resultado de mi psicoanálisis express. Sin embargo, había algo en su mirada que me decía que yo le gustaba, que no era una gilipollas de tres al cuarto.
―Sólo el “bocazas”. ¿Qué, y no me dejas llevarte los libros? Eres demasiado… ―se carcajeó.
Diablos. Me vi obligada a ponerme realmente seria y a su nivel.
―Hablando en plata, tío. Uno: amenazaste con matar a mi amigo. No lo vas a hacer porque, si lo haces, te meten entre rejas para toda la vida. Dos: el dinero.
―El dinero… ―dijo con expresión curiosa.
―A ver ―proseguí―, no lo tiene, pero podemos…
―¿Quién es ese amigo? ―me interrumpió.
―Billy Hahn.
―Billy Hahn. ¿Y cuánto me debe?
―Venga, vamos: veinticinco mil dólares.
―Billy Hahn me debe veinticinco mil dólares. ¿Me perdonas un momento…?
Mike regresó al interior de la habitación de la que salió. Allí me quedé esperando a ver qué ocurría. Entonces escuché su voz diciendo:
―Paso de esta ronda. Ahora vuelvo…
Regresó adonde yo estaba. Portaba un maletín de piel de serpiente más falsa que la cabellera de Liz Taylor y lo abrió justo en mis narices. Después sacó un cuaderno de bolsillo de su interior.
―Te enseño esto porque me caes bien, ¿vale? Porque eres rubia ―me dijo mientras me daba la libreta.
Si supiera cuánto me costó el maldito tinte no le caería tan bien. Abrió el librillo y pasó una página mientras yo lo sostenía. Era un cuaderno de cuentas y en la tercera página pude leer el nombre de Billy Hahn con varias cifras que no llegaban a los mil dólares, añadidas, tachadas, restadas y con un total final de ochocientos míseros dólares, lo que gano en una semana con poco trabajo. Joder, le había dicho a un atractivo matón que era un bocazas por ochocientos pavos de mierda que le debía un maldito ludópata retrasado.
―¿Vale? Billy Hahn me debe ochocientos pavos ―me dijo Mike en tono esclarecedor.


CONTINUARÁ…

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2 pensamientos en “Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (II)

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