Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (III)

[Viene de Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (II)]


(…) Uno de los jugadores lo llamó desde el interior de la humeante sala de juegos. Mike le dijo que no iba al juego y comenzó a interesarse por mí:
―¿Cómo te has enterado de que no soy un tío duro? ¿Cómo me has calado tan rápido?
―No lo sé… en mi trabajo…
―¿Qué trabajo es ése?
Le di una calada al pitillo y soplé el humo en sus morros.
―Mira, no es asunto tuyo… ―respondí muy a la defensiva.
Mike sonrió maliciosamente. Ese tipo comenzaba a gustarme y yo a él, pero no quería que supiera mucho más de mí. Un polvo rápido y ya está. No era necesario ir a tomar el té con mi madre y ver mis fotos en el teatro infantil del colegio.
―Tienes razón. Oye. Escucha: quiero algo de ti.
Joder, Mike quería algo de mí y yo podría estar dispuesta a dárselo, aunque fuese en el mugriento baño de aquella repugnante sala de juegos.
―¿Qué quieres?
―Quiero que me hagas un favor. Y si lo haces perdono los ochocientos que tu amigo me debe.
He hecho favores más baratos por gente que aprecio más, pero dada la situación en la que me encontraba, el callejón sin salida en el que parecía haberme metido, hacerle un favor a Mike no era mala opción. Además, hoy no televisaban Colombo en la Fox.
―¿Qué quieres? ―repetí.
Entonces Mike me cogió del brazo con sus poderosas manos y me llevó a un lugar un poco más apartado de oídos curiosos y miradas lascivas.
―¿Sabes qué es “cantar”? ―me preguntó en voz baja y cerca del oído.
―¿”Cantar”?
Mike se metió la mano en el bolsillo de su pantalón; me ruboricé gracias a mi alegre imaginación. Luego sacó un pavo y me pidió que le hiciera el juego de la moneda escondida en las manos. La escondí en la mano izquierda y acertó. Me instó a que volviera a repetirlo un par de veces más: el muy cabrón siempre acertó.
―¿Ves?, puedo repetirlo todo el día. ¿Cómo? Me lo has “cantado” ―dijo sonriendo, orgulloso como un niño que se masturba tres veces al día y se lo cuenta a sus amiguitos―. Me estás “cantando” la mano que tiene la moneda.
―¿Cómo? ―pregunté curiosa.
―No importa ―respondió. Pero como todo hombre, no pudo soportar durante mucho tiempo demostrar que tiene algún talento escondido, como escupir muy lejos o aplastarse latas de cerveza en la frente―. Apuntas ligeramente con la nariz a la mano que tiene la moneda. ¿Ves? ―y me mostró qué era lo que yo supuestamente hacía con mi nariz de tres mil dólares―. Eso es “cantar”. Mira ―señaló al interior de la habitación―: ese tío de Las Vegas me ha ganado un huevo de dinero. Y “canta” ¿vale? Cuando va de farol, eh, juega con un anillo de oro. Pero le he pillado haciéndolo. Y lo sabe, así que ya no lo hace. Está pendiente. Quiero que me hagas un favor. Quiero que seas mi “novia” durante un rato, que entres en el juego, te pongas detrás de mí y me veas jugar. Vamos a una mano fuerte, ¿eh? Y, hum, me levanto a mear, vigilas a ese tío y me cantas si juega con el anillo de oro. Si sé que va de farol, gano la mano y perdono los ochocientos dólares que tu amigo me debe.
Sabía que me estaba metiendo en un asunto jodido de cojones, pero Mike me hacía sentir diferente, como una estúpida aspirante a actriz de Arkansas que llega a Hollywood y hace inocentemente todo lo que un tipo que dice ser un reconocido director de cine le ordena, por poca ropa que conlleve. Pero, ¿por qué necesitaba Mike, el “Jugador Invencible”, ayuda de una auténtica desconocida para ganar una partida?
―Si eres tan buen jugador, ¿cómo te has metido en este lío?
Mike tornó su rostro en sorpresa.
―¿Quién te ha dicho que soy un buen jugador? No soy un jugador, es una enfermedad… ―me soltó irónico.
―No eres un jugador ―repetí lentamente, como si leyera un cartel escrito en sánscrito.
―No.
No sabía si Mike me estaba vacilando o no y me sentí realmente idiota, incapaz por una vez en la vida de conocer el pensamiento de una persona con la que hablaba. Malditas feromonas.
―Pues… ¿qué eres entonces?
―Ajá ―sonrió sensualmente.

Allí estaba yo finalmente, sentada en la penumbra tras Mike, como el alma que contiene su sombra. Aquel cuchitril debía de ser la típica sala de juegos reservada para cuatreros que se pimplan dos botellas por cabeza de Johnny Walker a palo seco y tres puros habanos de doscientos dólares cada uno. Allí no se jugaba con fichas de colores, eran tipos duros que se apostaban todo lo que tenían en metálico, incluido el maldito DIU de sus esposas si hiciera falta y si estuvieran casados. Era una habitación no muy acogedora y con la oscuridad parecía más pequeña de lo que realmente podía ser. Las paredes, forradas con un papel del Pleistoceno, eran de un color parecido al del excremento de un bebé, seguramente gracias a la suciedad, la mugre y el efecto de la eterna nube de humo que me asfixiaba. La lámpara baja que colgaba del techo, con más polvo que la biblioteca de Reagan, lograba iluminar, además de la mesa y su desgastado tapete verde, los rostros de los cinco jugadores. A la derecha de Mike estaba un tal Joey, que tenía pinta de ser un contable o algo parecido y que, por lo visto, era el que organizaba todo el cotarro. Tendría unos cuarenta y tantos largos y con el rostro parecido al de James Stewart con cirrosis, aunque en una noche larga de juego podría aparentar ser su padre, sobre todo porque era un perdedor nato y la derrota se refleja en la cara. Era poco hablador y no se le veía mal tipo, puede que incluso le gustase Wilde, aunque eso no significaba que no le pudiera gustar también hacer regalos a los niños y todas esas cosas raras que suele hacer la gente así. Junto a Joey se encontraba Andy, un tipo joven, de unos treinta y pocos ―quizá menos que Mike― y con un estrabismo sólo comparable al del tipo que hacía de ayudante del Doctor Frankenstein en aquella gran película de Mel Brooks. Era serio, reservado, bien vestido y parecía algo sensato, aunque ¿era sensato estar allí? A la izquierda de Mike jugaba un tal Al (¿Alfred, Albert, Alexander, Alphonse, Alice…?). Era mayor que el resto y parecía perro viejo, eso sí, un perro con tres dientes de oro más brillantes que la cubertería de la reina de Inglaterra. No llevaba mala noche y fumaba como un condenado: su bigote cano era ocre bajo la nariz y sus dedos tenían la forma arqueada de sujetar puros y pitillos. Jugar al póquer parecía en él más una rutina que otra cosa, como respirar o fumar. Y frente a Mike se encontraba el enemigo, un tipo al que llamaban Las Vegas y no hacía falta jurar por qué: era un gordo sudoroso de unos ciento treinta kilos de sebo, una camisa de cowboy con flecos y un enorme y ridículo sombrero de vaquero marrón pardo, con pinta de costar cien pavos por lo menos. Su cabeza era una enorme roca con pocos pelos en la que sobresalía una nariz parecida a una batata, llena de pequeños cráteres, y que se hacía más grande porque sus ojos eran como los de un niño pequeño, redondos y demasiado juntos. Era lo más parecido a la ocasión que imaginé a Mike en mi despacho esa misma tarde, incluso más repugnante; pero éste no tendría tatuado el nombre de su madre en el pecho, sino el de Laila o Linda, la vaca con la que se hizo hombre o algo así, allá en la granja de su tío. Era su turno en la partida.
―Subo doscientos ―dijo mientras tiraba con desgana dos billetes de cien.
―Tus dos y cinco más ―respondió Andy mientras miraba a Las Vegas con un ojo y a Mike con el otro.
Mike miró sus cartas y yo, como estaba detrás de él, pude verlas: dobles parejas bajas.
―No voy ―dijo mientras tiraba las cartas al tapete.
La partida continuó pero Mike se echó hacia atrás para hablar conmigo en voz baja.
―El tío no tiene un full, tú dobles parejas, te coloca en una postura filosóficamente indefendible ― me explicó.
―Otra mano ―dijo Al soltando humo.
―Bueno, está bien que me lo tome a broma, ¿no? ―me dijo Mike.
―Full ―dijo Las Vegas.
Mike volvió hacia la mesa.
―¿Qué has hecho, “ganar” otra vez…? ―dijo Mike.
Las Vegas sonrió mientras recogía todo su dinero y respondió:
―Eso es. Si quieres ganar la mano, tienes que aguantar hasta el final.
―Gracias ―finalizó irónico Mike.
Volvió a inclinarse hacia mí y me preguntó, me susurró si le iba a apoyar. Sí, claro que lo iba a hacer… ya no por Billy, al que le podía partir un rayo, sino por mí y, por qué no, por Mike. No sabía qué es lo que me daba aquel tío al que acababa de conocer en circunstancias un tanto extrañas, pero tenía que hacerlo, me gustaba la idea de hacerlo: me sentía viva en un plano paralelo a la realidad en la que había vivido hasta entonces. ¿Era esto la vida real de la que hablaba Billy? Ahora la partida de ajedrez se había transformado una partida de cartas desarrollada en un guión de película de cine negro de los cincuenta: como la chica de Bogart o de Edward G. Robinson, yo podría serlo de Mike, el tipo duro y atractivo que juega al póquer con tipos aún más duros… excepto, quizá, Joey… y puede que Andy ―con esos nombres no se puede ser tipo duro, más bien repartidor de periódicos―. Podría ser una partida final memorable en la que la pareja se larga con el dinero a un motel y se lo montan toda la noche con el güisqui recorriendo sus cuerpos sudorosos en un orgasmo constante. Joder, cómo me estaba poniendo. Me di la vuelta y le di un larguísimo trago a la ambrosía contenida en mi petaca.
―Sigue vigilándole, a ver si canta ―me dijo en voz baja―, que voy a sacarle a este cabrón las tripas…


TO BE CONTINUED…

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