Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (IV)

[Viene de Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (III)]


(…) Transcurrieron cinco partidas más en las que intenté vigilar atentamente al cabrón de Las Vegas. El hijo de perra ganó cuatro y Al la restante. No era la noche de Mike, lo que comenzaba a preocuparme. Andy repartió. Salía Mike.
―Apuesto cincuenta.
―Tus cincuenta y ciento cincuenta más ―siguió Al, echando de nuevo humo por la nariz.
Las Vegas observó con cara de asco sus cartas y le dio una calada a su puro.
―Veo doscientos ―dijo finalmente.
Joey negó con la cabeza y tiró sus cartas boca abajo. Andy tampoco fue.
―Cartas para los que juegan ―continuó este último.
Mike pidió una. Tenía trío de ases. No era mala jugada, ¿pero era esta la mano definitiva que quería? Miré fijamente su nuca como para intentar comunicarme con su mente, buscando la respuesta, un gesto que me dijera algo. Pero no hizo nada, no sentí nada y esperé, suspirando lentamente. Al pidió dos cartas y Las Vegas una. Cuando le tocó pedir cartas de nuevo a Mike, éste pasó. Era la jugada y comencé a ponerme realmente tensa.
―¿Qué bote tenemos? Dos, cuatro, cinco, ochocientos dólares. Esa es mi apuesta ―dijo Al antes de echar una calada y apagar el puro.
―Veo ―dijo Las Vegas.
Mike comenzó a atacar.
―“Ves”… ¿sólo “ves”…? Bueno, voy a visitar al señor. Subo ―dijo―. Tus ochocientos y dos mil quinientos dólares más.
Al miró a Mike a los ojos y tiró las cartas. No aguantó la apuesta, se encendió un cigarrillo y se retiró a la penumbra como un vampiro sensato. Sólo quedaban Mike y Las Vegas. Éste no pareció inmutarse lo más mínimo.
―Aquí el amigo se sale. No aguanta la presión. No lo aguanta ―dijo sonriendo y tocándose la panza.
―¿Quieres jugar a las cartas? La apuesta es de dos mil quinientos ―retó Mike.
La cara complaciente de Las Vegas cambió a un semblante serio y desafiante. Mike lo estaba logrando.
―¿La apuesta? Te diré cuál es la apuesta. Tus dos mil quinientos y seis mil pavos más ―dijo mientras soltaba un montón de billetes en la mesa.
Menuda sorpresa se llevó Mike. No se esperaba que el gordo jugase tan fuerte, que le hiciera esa jodienda justo en ese momento. Empujó su silla hacia atrás, golpeándome en las rodillas. Aguanté el grito de dolor y Mike se levantó bruscamente. Parecía haber perdido los nervios y yo estaba a punto de hacerlo también.
―Hijo de puta. Llevas toda la noche machacándome con faroles ―le dijo Mike al cowboy apuntándole con el dedo―. ¿Me quieres decir que con una carta has ligado una escalera, un color o qué? Creo que vas de farol, creo que intentas robármela.
El maldito tejano, sin crisparse lo más mínimo y seguro de sí mismo, se recostó sobre el respaldo de su silla a punto de reventar y dijo tranquilamente:
―Pues me tomas en serio o te toca pagarme.
Mike permaneció un instante allí de pie, sin poder decir nada, intentando pensar. Andy, queriendo quitar hierro al asunto o haciendo el gilipollas, recordó a todos:
―La apuesta es de seis mil dólares.
Mike le miró furioso.
―Sé de cuanto es la jodida apuesta. Me voy a mear ―dijo tenso.
Se dio la vuelta y, al pasar junto a mí, escupió:
―Pensaba que me ibas a traer suerte.
―Búscate tu propia suerte ―dijo desafiante Las Vegas.
Mike no quiso mirarlo y salió del cuartucho. Por una vez el gordo y yo pensamos igual. Pero ahora, sin Mike, me sentía indefensa, fuera de lugar y más nerviosa que Hitler perdido en una sinagoga de marines. Andy seguía con su intención de aliviar el ambiente, diciendo mamarrachadas varias.
―Sí, sí, sí. Unos dicen una cosa; otros, otra ―dijo el capullo.
―El que no sepa jugar, que se vaya a pasear ―continuó Las Vegas.
―Su dinero vale tanto como el tuyo ―respondió Al, expulsando humo gris como cada segundo.
―Pues sí, y ahora vamos a ver sus cartas. ¿No es así señorita? ―dijo el seboso, mirándome de hito en hito.
Me puse muy nerviosa, incluso debí soltar algún gas silencioso por la impresión. Joey, el perdedor nato y presumible lector de Wilde, se dio cuenta de lo que me ocurría y salió al paso del gordinflón.
―Deja a la mujer en paz ―dijo.
Las Vegas, sin dejar de mirarme curiosamente, sonrió y después le dio otra calada a su puro.
―Sólo estoy charlando, ¿no? ¿Qué tal, señorita, le está trayendo “buena suerte”? ―me preguntó.
―¿Perdone? ―respondí casi sin voz.
―¿Por quién apuesta, por su amigo o por mí? ―dijo mientras soltaba el humo de la calada que había mantenido en sus pulmones.
No sabía qué debía contestar para no parecer una colegiala virginal, cosa que ya no recuerdo si fui alguna vez, en vez de la supuesta novia de Mike.
―Bueno, he visto sus cartas, pero las de usted no.
El cowboy pareció satisfecho con la respuesta y sonrió de nuevo.
―Tiene razón. Tiene toda la razón ―dijo finalmente.
Le dio un trago a su vaso de güisqui y escondió sus cartas boca abajo sobre la mesa, sin dejar de vigilarlas en ningún momento. Me puse a observarlo, a observar sus manos, esperando. A los pocos segundos comenzó a jugar con su anillo de oro. Dios santo, ¡el jodido gordo iba de farol! Intenté mirar y asegurarme de que jugaba con su sortija tal y como me había dicho Mike, dándole vueltas y más vueltas. Estaba segura: Las Vegas iba de farol. Entonces llegó Mike más tranquilo y dejé de mirar a su rollizo contrincante. Estaba excitada, necesitaba decirle a Mike que era la partida, la jodida apuesta que llevaba esperando toda la noche. Se sentó y miró fijamente a Las Vegas.
―Vale. Vamos a jugar a las putas cartas ―dijo―. A ver, ¿cuál es la apuesta…?
―La han subido a seis mil dólares, Mike ―recordó de nuevo Andy.
Tenía que avisar a Mike de que era la jugada, aunque no sabía cómo hacerlo sin levantar sospechas. Por eso tuve que actuar como la Bergman o la Hayworth. Me levanté y me acerqué a Mike. Le puse la mano en el hombro y me incliné hacia él. Le di la espalda a Las Vegas, mostrando mi bonito trasero para que no se quejara.
―¿Cómo vas? ¿Dispuesto a llevarte el dinero de este tío…? ―le dije a Mike mientras le agarraba la cabeza con las manos.
Debería haberme llevado un Óscar por la escena. Luego unimos nuestras cabezas como la chica mala y el tipo duro, rozando mejilla con mejilla, y le susurré al oído que el otro iba de farol: había jugado con el anillo tal y como me había explicado un rato antes.
―Pues mejor que sea así ―musitó Mike―, porque no tengo los seis mil. Si pierdo no puedo…
―No lo vas a hacer ―le aseguré―. Ha jugado con el anillo. Ve.
Mike se apartó, me miró fijamente buscando confianza, seguridad, complicidad, y asintió. Confió en mí, en su chica, y volvió a la partida. Yo a mi asiento con el corazón a cien.
―¿Seis mil dólares? ―dijo―. Creo que vas de farol.
Las Vegas puso cara de estar harto, de acabar de una vez la maldita apuesta.
―¿Quién eres, el Enterao? Sube, ve o retírate.
―Debería subirte, cabrón, pero sólo voy a ver.
Entonces miró a la mesa en general y preguntó:
―¿Vale mi pagaré?
El vaquero se puso realmente serio y furioso, como si le hubiesen faltado al respeto. El resto de jugadores miraba en silencio la situación.
―¿De qué pagaré hablas, tío? ¿De dónde “eres”?
―¿De dónde “soy”? Soy de los Estados Unidos de los cojones. Mi marcador vale ―dijo Mike chulesco.
―Vete a la mierda. Y pon el dinero en la mesa o retírate de una puta vez.
Joey, como siempre, salió a apaciguar la situación y aprovechó para echarle una mano a Mike. Parecía que entre ellos existía una especie relación amistosa o que simplemente pertenecían al mismo club de perdedores de póquer que se reúne cada noche para decidir quién es el más fracasado.
―Mira, tío: este hombre es un hombre de palabra. Es un jugador habitual, y si dice…
―En mi pueblo, si no puedes ver la apuesta es que pasas ―interrumpió Las Vegas.
―Yo la veo ―me escuché decir.


CONTINUARÁ…

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2 pensamientos en “Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (IV)

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