Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (y V)

[Viene de Un mechero para Dolly y una paliza para Johnny (IV)]


(…) ¿Por qué carajo tuve que hacerlo? ¡Maldita sea, pero si Mike ni siquiera sabía mi nombre y yo estaba ahí dándole un jodido crédito de seis de los grandes! ¿Qué soy, la maldita Reserva Federal para perdedores atractivos? Demasiadas noches en solitario, demasiado tiempo sin probar carne, demasiado güisqui y pastillas para dormir. Maldición, ya no podía dar marcha atrás. Mike me daba lástima, la misma compasión que sentí por la tarde por Billy, por un ludópata “habitual”, por un perdedor compulsivo. Las Vegas me miró interesado.
―¿Con qué…? ―me preguntó.
―He dicho que le cubro. Si pierde, le firmo un talón.
El gordo no se lo esperaba. Creo que yo tampoco. Como ultrajado, miró a todos los que allí estaban y preguntó:
―¿Quién es esta tía?
Cómo no, Joey contestó:
―Es amiga de Mike, es de fiar. Se ve la apuesta.
Mike debió de sentirse absolutamente aliviado y confiado porque no tardó ni medio segundo en mostrar sus cartas y continuar con la apuesta.
―Trío de ases ―dijo ―. Supéralo, tío.
Allí se quedó con el pecho hinchado, un vencedor con la cabeza bien alta, como el que presume de tenerla más grande que los ex de su novia. Sin embargo, esa soberbia que acababa de saltar como el corcho de un Don Perignon se desinfló en el momento que Las Vegas daba la vuelta lentamente a sus cartas y, para sorpresa de todos, sobre todo la mía y la del pobre Mike, mostró color de tréboles. Mike se quedó paralizado, casi sin poder respirar, con sus bonitos ojos saliéndose de las órbitas, mirando todas aquellas hojas negras mientras el tejano sonreía lentamente, jactándose con su contundente e inesperada victoria. Me sentí rara, engañada, vapuleada, llena de una especie de admiración por aquel hijo de puta ganador disfrazado de John Wayne en Centauros del desierto. Joder, menuda derrota la de Mike y menuda factura la mía. Al poco de aquel eterno instante comencé a sentirme culpable, pero el tipo había jugado con Mike y conmigo como Wilt Chamberlain hacía con los demás. ¡Se suponía que Mike era un jugador habitual, un “jugador invencible”! Mierda, no sabía qué hacer y ahí enfrente estaba Las Vegas esperando su dinero.
―Color ―proclamó lentamente antes de dirigirse a mí―. Me debes seis mil dólares.
Posó con suma delicadeza las cartas sobre el tapete y se levantó con dificultad dado el volumen de su enorme barriga sudorosa. Después comenzó a recoger todo el dinero, un montón de billetes que apenas podía amasar con aquellas enormes manos.
―Muchísimas gracias ―continuó―, siguiente caso.
Se regodeó el muy cerdo. Lo hizo relamiéndose, acaso un perro que acaba de devorar a una gallina vieja y estúpida. Pobre gallina Mike, pero pobre imbécil de mí. ¡Coño, acababa de comprometerme a darle a aquel tipo un talón de seis mil jodidos dólares! Toda la excitación que había experimentado desde que llegué allí se desvaneció como el pelo de Yul Briner. Ahora Mike me parecía un desgraciado si cabe más patético aún que Billy Hahn. Ya no veía a un tipo duro, atractivo y peligroso, sino a un hombre acabado, perdedor, buscando la horca o las faldas de su mamaíta en Tennessee. Todos se levantaron y se apartaron de la mesa, dejándonos solos en nuestro propio club de idiotas humillados. Andy y Joey dieron su pésame a Mike y éste sólo podía negar con la cabeza y farfullar:

―Yo, ay… No hizo lo del anillo.
Pues claro que lo hizo, estúpido, y él lo sabía porque no es un maldito subnormal, es un jodido tejano que se gana la vida con esto: es un puto-maverick-de-los-cojones.
―Sí, lo hizo ―le respondí una y otra vez.
―¿Sí? Entonces, ¿qué coño hacía con color…?
Me encogí de hombros: vi lo que vi, hizo lo que hizo. Nos la jugó. Entonces Mike se dirigió furioso a Las Vegas:
―¿Qué coño haces con color?
Las Vegas lo miró de arriba abajo con cara de asco, por encima del bien y del mal, como el maestro que ha enseñado una dura y humillante lección a un aprendiz sabelotodo y gilipollas.
―¿Eso supera a un trío de ases en Chicago? ―sonrió y se acercó a la mesa―. Pues venga, dame el puto dinero.
Ahora su sonrisa era la de un hombre castigador, exigente, superior, peligroso: un dios entre basura.
―Hemos perdido ―me dijo Mike a punto de llorar.
―Ya me he dado cuenta ―contesté expectante.
Las Vegas apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó para vernos mejor la cara. La mesa crujió a punto de ceder ante el peso del gordo. El cowboy estaba realmente serio, parecía perder la paciencia a cada segundo de espera por su dinero. Entonces me miró y dijo:
―Y si piensas que voy a salir de aquí sin el talón, estás como una puta cabra.
Creo que me hice algo de pis encima. Qué cagada, el puto guión de la película se estaba torciendo de una manera en la que no lograba atisbar un final feliz, al menos para la chica. Mike salió en mi defensa, como no podía ser de otra manera, porque se suponía que yo era “su novia” y, sobre todo, porque me había comprometido a pagar los seis de los grandes que le podrían salvar su bonito culo.
―Vale. Vale, eh, no te pongas violento ―le dijo Mike.
El careto del gordo se tan rojo que parecía haberse tragado un helado de chili. Era un globo colorado a punto de reventar, pero luchaba por mantener la calma diciendo y haciendo todo muy lenta y pedagógicamente.
―¿Violento, Jim…? ¿Violento? No sabes lo que es ponerse violento ―dijo mientras sacaba una enorme pistola del bolsillo trasero de su pantalón. La posó delicadamente sobre la mesa de juegos apuntando a mi pecho―. Y ahora dame mis seis mil dólares.
Todos quedaron patidifusos, cautelosos, tensos. En segundos, Al y Andy agarraron su dinero y se largaron rápidamente, sin decir nada; incluso el viejo Al se había dejado un cigarrillo encendido en un cenicero. Joey permanecía de pie en un rincón, expectante, dejando hacer, vigilando desde un punto lo suficientemente alejado como para que la cosa no fuera más allá de una típica amenaza de muerte normal y, sobre todo, cubriéndose su propio culo y no el de Mike, que no sabía qué decir ni qué hacer, sólo temblaba y sudaba. Me miró buscando la solución, buscando el supuesto talón para que no nos ocurriera nada más allá de un jodido susto de dos pares de cojones. Yo no podía dejar de observar la pistola y la mano de ese grandullón acariciándola. Un par de intensos segundos después introduje la mano en el bolsillo para coger la cartera con el talonario en su interior. De repente sentí el frío y suave tacto de la pistola de níquel de Billy Hahn. Miré a Mike: estaba muy nervioso y con más sudor en la frente que John Candy en un baño turco; después miré a Las Vegas: tenía los ojos inyectados en sangre y respiraba como un búfalo a punto de embestir. Sonreí. Entonces imaginé varios finales posibles para esta película de cine negro que está a punto de acabar.

-FIN-

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