Encuentro con el dramaturgo Gamble Pearson (Diario, vol. XIII – Episodio I, pág. 767)

[VIENE DE: Encuentro con el dramaturgo Gamble Pearson (Diario, vol. XIII – Episodio I, pág. 766)]

Como buen “perfecto gilipollas”, Gamble Pearson apareció en el Gio´s unos cuarenta y cinco minutos tarde. El tipo era un CIUDADANO DE RAZA CAUCÁSICA [1] sacado de cualquier producción barata de blaxploitation yugoslavo de los 70. Era como Ed McGee de los Tower Of Power si este hubiera mutado en mi colega Gene Wilder. Tenía atado al cuello el inamovible, indestructible, indeleble, inefable e imposible fular celeste de pésima angorina desgastada; sobre su cabeza menuda, un sombrero con larga pluma esmeralda a juego con el pañuelo le hacía parecer definitivamente la versión funky del poeta Tom Bombadil. Por entonces lucia un rubio bigote tipo herradura muy a la moda y su pelo, tímidamente escondido bajo el sombrero, era tan rizado y esponjoso como etéreo y escaso. El resto del uniforme lo componían un ajustado traje negro con rococós bordados blancos en los laterales del pantalón de campana; unas botas de piel de serpiente albina con tacones de unos seis centímetros -Pearson era un poco bajo, pero aún así le sacaba la cabeza al actor Al Pacino-; caminaba exageradamente apoyado sobre un bastón con puño de brillantes, anillos, pulseras y cadenas de oro y piedras preciosas que podrían provocar diarrea a los dioses mayas; y cubriendo su cuerpo, un tan-horrible-como-carísimo abrigo de piel de visón con las melancólicas caras de los animales elegantemente asesinados gritando en silencio: “Me sacrificasteis para esto y yo os maldigo con el country rock”.

Pearson se dejó caer violentamente sobre la silla que le ofrecía el camarero, sin más saludos ni preámbulos ni nada relacionado con cualquier conato de protocolo social.

-Ajá -dijo al cabo.

-Gracias por venir, Gamble…

Don Pearson para ti, jovencito. Sé que tienes cierta fama de juntaletras un tanto kitsch, pero eso, amigo mío, tiene para mí el mismo valor que los calzoncillos usados de un minero de Ottawa -repuso con una clase semejante a la de una grulla vomitando antes de prorrumpir en áfonas carcajadas.

-Claro. Creo que Lester, mi editor, te envió el texto hace unos dos meses. ¿Has podido leerlo desde entonces?

El tipo respondió limitándose a clavar sus ojos en los míos. Me sostuvo tanto la mirada que pude observar en su iris a un tipo a mis espaldas que se metía el dedo en la nariz. Le di un trago a mi cuarto vino español. Nueva carcajada áfona seguida de:

-No, un artista como yo carece de tiempo. Picasso no tenía tiempo, por ejemplo. Ni Marvo McFlurry, aquel tipo que inventó la escopeta que lanzaba mierda humana. Además, no me hace falta leer nada; demonios, sé cómo y cuándo una obra será un puñetero éxito con sólo -agitó los brazos como supuse haría un noble francés en el siglo XVII- sentir l’odeur de la vie.

A la cabeza se me vino la preciosa y gratificante imagen de mi chihuahua Leviathan oliéndole los cojones y ojetes a todos los perros del vecindario. El olor de la vida.

-Ajá -dije sin mucha convicción.

Pearson pidió un champagne de trescientos pavos y un plato de caracoles gigantescos. Excéntrico. De los que dan sonoras palmas y exigen la presencia del remilgado maître. Esperó a que le sirvieran. Yo esperé a que él esperara a que le sirvieran. El mundo esperaba mucho de nosotros en aquel momento.

-¿Cuál es el título de tu texto? -preguntó mientras succionaba con desprecio una de las babosas hervidas.

La cosa que se agita en mi ano es un dios arcano [I] -respondí secamente.

-Um… no es mal título. Provocateur [II]. Me gusta.

______

[I] Al principio titulé esta obra de teatro Apocalipse Now, después Blade Runner y, por último, opté por Regreso al Futuro II. Sin embargo, a mi editor no le convenció ninguna de las tres propuestas. Hiphop se justificó afirmando que no eran ni comerciales ni pegadizas. Luego me enteré de que en realidad era su joven esposa la que decidía los títulos. Fue pues ella, a la postre catedrática Cum Estée-Lauder en Títulos de Obras de Teatro Postmodernistas por la Universidad de Penthouse en West Vagina, la que propuso el título autobiográfico y definitivo de La cosa que se agita en mi ano es un dios arcano. Ahora deseo con toda mi alma mortal que el muy cabrón de Hiphop se pase toda la eternidad sufriendo una prometeica sodomización por parte de algún primo del gran R’lyeh; su esposa, en cambio, estaría encantada de recibir un castigo así (de hecho ha acabado triunfando en el rentable mundo del porno en la nueva tecnología VHS).

[II] ¿Por qué cojones los artistas de pacotilla, intelectualoides y demás fauna casposa tienen siempre que utilizar expresiones en francés? ¿Acaso la mierda de Truffaut huele a rosas silvestres? ¿Creen en realidad que por decir La fleur de mon cul a la même couleur brune comme une mule ya son el nuevo Henri Michaux? Yo digo assez!


[1] En el texto original aparece el término “blanquito republicano”. Fue censurado ad aeternum por el Departamento de Censura Total y Permente de Salt Lake City (SLCTPCD).

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