Diario de El Mulo: El Palacio de Cristal Tejano (I)

En 1967 perdí la virginidad como quien pierde un ojo por la pedrada que te ha lanzado tu primo de veintinueve años, el cual esquizofrénico y cree que eres el demonio y has venido a la Tierra con el objetivo de desollar a su querida abuela, que es, asimismo, tu querida abuela. Eso ocurre con más frecuencia de lo que suponía, según pude atestiguar en un posterior viaje a Polonia.

Aquel año sesenta y siete se celebró la XX Convención del movimiento Jóvenes y Atractivos Intelectuales (JAI) [1] en Nueva York. Allí conocí a la mujer que haría de mí, como se suele decir, un animal. O en palabras del gran autor indio de la Antigüedad, Mandrágora Mehmitailatiasinnan: “ভগ মধ্যে শিশ্ন” [2]. La chica se hacía llamar «Debbs», una absoluta belleza que también participaba en el congreso con una breve ponencia titulada Aerofagia en la mitología griega: arte, leyendas y realidad.

En aquella convención yo presentaba una de mis primeras novelas, la seminal Cosmos en ósmosis, una emotiva y compleja historia de redención espiritual de un alienígena que viaja al Japón del siglo XII adoptando la forma de un pollo. He de decir que no asistió demasiada gente a mi presentación, ya que la misma coincidía con la exitosa conferencia Nuevas estrategias semióticas de marketing en la implementación y consolidación de una idea estándar en un nicho mercado sociológico futuro: una manzana de un niñato de doce años llamado Steven P. Jobs. De hecho, en la pequeña sala donde daba a conocer al mundo mi libro sólo había una persona aparte de mí y de un desdentado bedel miope que leía a carcajadas tiras cómicas al fondo: Debbs. Ella. Sus enormes gafas de sol contrastaban con los cristalinos y lisos cabellos rubios que caían como brillantes linguine sobre sus hombros. Sentada en la primera fila, aquella deidad clásica embutida en licra negra no movía ni un músculo mientras yo, profesional pese a las circunstancias, explicaba los motivos ético-filosóficos intrínsecos del viaje a Japón de Ej2Xuei. Al cabo de hora y media de monólogo basado en anotaciones antropológicas y caligrafía japonesa, y sorprendido por el interés mostrado por aquella chica despampanante que no se atrevió a mover un dedo durante todo ese rato, tocó el turno de preguntas. Entonces pude escuchar sus ronquidos.

―Eh, oiga, joven ―dije acercándome más aún al micrófono y elevando el volumen de mi voz.

Debbs no movió una ceja.

―¡Fuego, demonios, fuego! ¡La casa está ardiendo, esto es un maldito infierno! ¡Sacad a los chicos, sacad a los chicos! ¡Yo-yo ha muerto! ―chillé ahora.

El conserje dio un brinco y se marchó de la sala mientras gritaba y se acordaba de Truman. Sin embargo, Debbs no se movió. Empecé a sospechar entonces varias hipótesis: a) estaba buenísima y era catatónica; b) estaba buenísima y le había dado un infarto; c) estaba buenísima y era producto de mi imaginación. Resultó ser finalmente la opción d) ninguna de las respuestas anteriores es correcta. Preocupado y curioso me acerqué hasta ella.

―Eh, oiga, joven, ¿se encuentra bien? ―susurré a escasos treinta centímetros de sus gafas.

―Joder. ¿Tienes un pitillo, Mulo (no confundir con el personaje de Asimov)? ―contestó con un hilo de voz.

¿Cómo sabía mi nombre?

―¿Cómo sabes mi nombre? ―pregunté idiotizado.

―Lo pone en tu acreditación hecha a mano ―dijo mientras se desperezaba―. ¿Has acabado ya la presentación?

―Sí, creo que sí.

―Gracias al cielo, casi me matas ―suspiró aliviada mientras se ponía de pie.

El comentario no me hizo excesiva gracia, pero su fragancia a disolvente y agua de rosas silvestres del Cáucaso (años después descubrí esta fragancia en un centro comercial cuando una representante de perfumes casi me asesina con una nube de muestra) noqueó mis fosas nasales y, por tanto, mis sentidos.

―¿Tienes ese pitillo o no? ―inquirió de nuevo.

―Claro.

―Vamos a tomar un café ―ordenó con una vehemencia tan sutil como erótica.

Me agarró la mano y me condujo sin mediar palabra hasta la calle. Nos dirigimos a un 7/11 situado a una manzana de la convención. Tomamos el café. Comimos unas porciones de pastel de arándanos. Nos fumamos un cigarrillo. No hablamos en ningún momento. Luego nos montamos en un taxi. Nos dirigimos a su apartamento, según deduje cuando entramos en su apartamento diez minutos después. No hubo palabras, sólo su rubio linguine y sus gafas oscuras.

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[1] Greatest Attractive Young Smarties (GAYS), organización sin ánimo de lucro creada en 1947 por el catedrático en física nuclear y atractivo modelo masculino Lyndon Bradley como «sexy respuesta» a los cánones estéticos de los miembros de Mensa. (N. del T.)

[2] Traducido al español como «Pene dentro de vagina», verso extraído del poema épico de Mehmitailatiasinnan titulado Mil formas de engendrar soldados bajo el sol, datado en el s. XII a. C. (N. del T.)

(CONTINUARÁ…)

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