Diario de El Mulo: El Palacio de Cristal Tejano (II)

Debbs (1977)

Ya en el apartamento, lleno de trastos, cuadros, esculturas y algún que otro instrumento como un bajo eléctrico o un fagot, intenté entablar alguna conversación tópica como el problema realmente grave que supone para un antropólogo trabajar con chimpancés disléxicos. Debbs simplemente se desnudó (sólo se dejó las gafas de sol) y me hizo el amor sin mediar palabra. Así, como una pedrada lanzada por tu primo loco de veintinueve años. Cuando acabamos (es decir, cuando ella acabó conmigo y yo aún analizaba pormenorizadamente todo lo ocurrido en los últimos tres minutos), nos encendimos un pitillo de la alegría.

―Me gustas, Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) ―dijo soltando una bocanada mariana―. ¿Quieres que te cuente una bonita historia? Me gustan las historias bonitas con final feliz, ¿a ti no?

―Claro ―dije tosiendo humo.

―Hace un par de meses viajé a Fort Worth, Texas, a visitar a Linda, una buena amiga que aún vivía con sus padres. ¿Me sigues hasta ahora?

―Ajá ―contesté contemplando ensimismado sus pechos desnudos.

―Bien, pues estos resultan ser los co-fundadores de un minoritario movimiento religioso llamado «Cristal de Dios». Según me contó Linda, este movimiento religioso tuvo su origen en el Flandes de finales del siglo XVI, ya sabes, en plena locura de protestantismos y toda esa mierda. Un joven sacerdote, un tal Willem Van Greinnhauldt o Grimmenhauldt o como demonios fuera, escribió un tratado una página y media llamado «Deus est vitrum» en el que aseguraba que la transparencia del cristal había de ser considerada como símbolo, transmisor, vehículo, medio o llámalo-como-quieras de la pureza de las almas humanas. «El cristal os dejará contemplar el Cielo; el cristal os alejará del Mal» era su lema. Luego se supo que el tipo era, por lo visto, el amante de un cristalero al que también le gustaban los niños. Los dos fueron desollados o quemados vivos por la Santa Inquisición. Bueno, pues los papis de Linda encontraron su fe en este movimiento hace unos años durante un viaje a Europa, ¿de acuerdo?

»Así que, volviendo a la historia que nos atañe, cuando llegué a la casa de los papis de Linda observé que todos o casi todos los muebles estaban fabricados con cristal tan transparente como el agua: mesas, silla, jarrones, lámparas, estantes, esculturas… Joder, cuanto más cristal, más puro, más cerca se está del Cielo y de Dios, ¿lo pillas? El palacio de cristal de los locos del cristal.

―Lo pillo.

―Linda no es como ellos. De hecho, es todo lo contrario: no quiere saber nada de religión ni de Dios bailando claqué; sólo quiere escuchar buen rock and roll, leer sus libros, ver cine alemán y tirarse a todo el que pueda en una ciudad que no ofrece una mierda. El único cristal que usa es el de los vasos de whiskey. Sus padres decían por ahí que es una enviada de Satán porque un día la pillan fumando y tocándose mientras mira la portada de una revista en la que sale Jim Morrison. Ella los envía al infierno, pero no tiene ni un centavo, así que le toca seguir viviendo en el palacio de cristal en una especie de pacto de no agresión latente: ella, por un lado, con sus cosas de la universidad y sus movidas, y sus padres, por otro lado, con la puta secta del cristal divino ―explicó antes de dar una nueva calada―. Ese mismo día que llego a Fort Worth salimos de juerga por ahí, ya sabes, un poco de alcohol, ácido, psicodelia, amor libre… toda esa basura de ahora.

―Ajá.

―Pero de repente todos nuestros planes se tuercen. ¿Por qué?, te preguntarás ―otra calada, esta vez expulsada gentilmente sobre mi rostro.

―¿Por qué? ―tosí.

―Porque esa misma noche me baja la puñetera regla como si aquello fuera el jodido Iguazú de Marte. Así que tenemos que volver pitando a casa a las diez de la noche para cambiarme los pantalones cuando nuestro plan era en realidad no regresar hasta dos días después o simplemente no regresar.

»Llegamos a su casa intentando no empapar mucho el taxi, cuando Linda abre la puerta y nos encontramos una escena inesperada y curiosa: la secta de sus papis está en ese momento celebrando allí su propia y libre versión de la eucaristía, por llamarlo de alguna forma.

―¿Y? ―pregunté ya con interés.

―Y que ésta consiste en una puta bacanal en el que todos cagan y restriegan sus mierdas sobre el cristal, de forma que, en el momento de nuestra aparición, la mami de Linda está soltando zurullos encima de la mesa de cristal del comedor mientras papi, con su sombrero blanco de cowboy, se toca mirando desde abajo y sus «hermanos» graban todo con una de esas nuevas cámaras Súper-8. Así es como ellos supuestamente encuentran a Dios y comparten su fe por todo el mundo, sobre todo en el mercado negro de películas para adultos de Nueva Inglaterra. El caso es que, lógicamente, no esperaban que llegásemos tan pronto. Eso y que están tarados y les gusta restregarse mierda.

―Joder ―dije a punto de vomitar―. ¿Y qué hicisteis?

―Reírnos. Luego llamamos a todos los vecinos, a la policía y a los medios de comunicación. Menudo espectáculo: hicimos fotos y todo. Dios, aquello fue realmente divertido. Los detuvieron a todos por escándalo, desorden público, pornografía, coprofilia y cuarenta cargos más que en Texas son delito. Les han juzgado hace unos días y pasarán unos años propagando su mensaje de esperanza entre rejas. Por el contrario, Linda al fin puede vivir un poco en paz: una vez se ha demostrado que ella era la una víctima de esa locura del cristal de sus papis, el estado de Texas le ha indemnizado con treinta mil pavos y se acaba de trasladar a Los Ángeles.

―Una historia muy bonita, ciertamente ―dije al fin no muy convencido.

―Y que lo digas ―susurró Debbs acercando su rostro al mío. Por primera vez bajó las gafas oscuras dejando ver sus grandiosos ojos azules―. ¿Sabes, Mulo (no confundir con el personaje de Asimov)? Me gustas bastante, aunque todavía seas un poco niño.

―Tú también me gustas… ―respondí antes de besarla―. Por cierto, ¿cómo te llamas?

―Deborah, pero todos me llaman Debbs o Debbie.

―Uhm… ¿Puedo llamarte «Blondie»? ―dije mientras acariciaba su cabello liso.

―No, ni se te ocurra hacerlo ―dijo con cierto malhumor―. Odio que me llamen así, ¿te ha quedado claro?

―Como el cristal.

Nos besamos e hicimos nuevamente el amor. Luego nos separamos, cada uno eligiendo su camino. Nuestra relación fue atómica, esporádica, nos veíamos dos o tres veces al año en fiestas y demás. Con el paso de los años, Debbs se convirtió en una estrella musical y yo, bueno, aquí me encuentro escribiendo sobre ella y un palacio de cristal grabado con una Súper-8. De vez en cuando quedamos para tomar un café y hablar de mi libro Cosmos en ósmosis. Al final creo que le gustará.

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2 pensamientos en “Diario de El Mulo: El Palacio de Cristal Tejano (II)

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