Diario de El Mulo: Encuentro y muerte de Terrence Terrance (I) – 1985

Acabo de leer en el Yorker que han encontrado el cadáver de Terrence Terrance. Tenía sesenta años (aunque en la autopsia se comenta que parecía el cuerpo de un anciano de noventa) y una larga historia a sus espaldas, una de esas que no suelen aparecer en el Top Ten de las biografías más vendidas del año en las listas de Navidad de la revista This is American life! de Los Angeles. Terrance fue una estrella fugaz en la música ligera de los años cincuenta, un crooner británico de importación que brilló un par de años en Nueva York, California y Las Vegas hasta que, de la noche a la mañana, desapareció como si un huracán se hubiera llevado su alma del desierto de Nevada a no se sabe qué destino. Casualidades de la vida, hace un año encontré ese lugar: su vieja y añorada Londres.

Resguardado en Symes Mews, una estrecha y oscura bocacalle de Camden Town High Street, un mendigo decrépito y anciano hacía su número musical para ganar unas pocas libras bajo la pertinaz caricia húmeda londinense; lo hacía, puedo asegurarlo, sin importarle realmente una mierda nada de lo que ocurría a su alrededor. Ningún transeúnte parecía percatarse de su presencia; en todo caso, los jóvenes modernos que por allí transitaban o bien le daban un puntapié al viejo perro tuerto, famélico, sarnoso y epiléptico que acompañaba al señor Terrance, o bien lo acariciaban y abrazaban hasta puntos obscenos cercanos a la zoofilia. Pero el buen viejo siempre hacía su número sin importarle el éxito de éste: llegaba a rastras hasta la localización de su improvisado escenario, a las puertas de una carnicería kosher, arrastrando un destartalado carro de supermercado con el que transportaba un viejo amplificador y un par de bolsas con sus pocas pertenencias. «Ferdinand», el perro tuerto, famélico, sarnoso y epiléptico, descansaba en constante agonía sobre las bolsas. Luego, el viejo enchufaba el amplificador con el permiso del dueño de la carnicería (cuya esposa muerta fue otrora gran fan del señor Terrance, según deduje después) para conectar el micro al amplificador. Entonces comenzaba, lloviese, tronara o nevase, su actuación, moviéndose de aquí para allá según la longitud del cable, mirando siempre al suelo, cerrando los ojos a veces, recordando y balbuceando para el micrófono:

«El telón se abre y salgo yo. Sí, sí, salgo yo, claro, me esperan a MÍ. Yo soy la estrella, claro. Scheiße. Hay aplausos, claro que hay aplausos. Señoras y señores, sean bienvenidos todos al Carnegie Hall en esta maravillosa noche un tanto lluviosa, sí, bastante lluviosa, ¿cierto? Espero que la lluvia haya sido lo suficientemente decorosa con los vestidos de las damas así como con los bisoñés de los caballeros, claro. Guiño el ojo, miro a cualquier rincón: “¿Señor Gobernador?”. Sonido de crash del batería. Risas. Greg me da la entrada al piano. Me llamo Terrance Torrance y esta noche tengo el placer de compartir con todos ustedes un poco de mi alma, que no es sino mi voz, claro. Que comience el espectáculo. Doy la señal y comienza “Ladies”…»

En ese momento Terrance cierra los ojos (no volverá a abrirlos hasta que finalice el concierto) y procede a cantar, con la voz rota por los años y los excesos asociados a estos, uno de sus únicos y grandes éxitos, «Where the ladies fear to tread» (1957), que contó con arreglos del mismísimo Arty «Darkmoon» Tyler[1]: «Say, have you ever seen a sun like this before? / Say, have you ever felt a love like this before? / Please, don´t be like all the other ladies in town / Because you can tread the grass of my heart…»

Siempre se dijo que este tema fue la razón que llevó a Terrance, quien entonces contaba con unos treinta años y una invisible carrera en Inglaterra, directamente de Londres a triunfar en los ricos Estados Unidos. Sin embargo, parece ser que el viejo señor Terrance no contaba con hombros lo suficientemente fuertes como para soportar el ominoso peso de la fama exigida por contrato. Y esto, frecuentemente, te lleva a la autodestrucción ya bien sea a través del alcohol, el sexo y las drogas o cualquier otra cosa. En el caso del buen viejo Terrance las causas fueron bien distintas.

En manos de los productores de espectáculos y de la mafia de la época —que a día de hoy siguen siendo la misma cosa—, «la nueva y refrescante voz británica», como le calificaron los medios de entonces (hay que admitir que el tipo cantaba realmente bien), duró en el candelero lo que la inocencia de un niño guapo en un orfanato. En 1959, tras varios intentos de permanecer en la palestra, con escándalos sexuales incluidos —se llegó a rumorear cierta debilidad por atletas de halterofilia rusos—, Terrance desapareció de la faz de la Tierra. Y desde entonces nada se había sabido de él.

Como decía, hace un año viajé a Londres para presentar mi exitosa novela El ocaso de la perversión… y dos huevos duros. La víspera fui a dar un paseo para impregnarme del ambiente londinense. Fue entonces cuando, buscando un sitio donde poder comer algo decente, reconocí al viejo en aquella bocacalle de Camden Town frente a la carnicería kosher:

—¿Señor Terrance? ¿Es usted realmente? —le pregunté con admiración algo fingida.

Al escuchar su nombre, el viejo perdió la concentración dejando a medias, por dos segundos, la frase «And baby you´re gonna kill me with your lovely perfume». No obstante, retomó la canción. Esperé a que terminara su otro gran éxito, «Let´s say romance again» (1958), y todo el resto del repertorio de aquel día. Le llevó un par de horas entre canciones, presentaciones, chistes y agradecimientos. Se hizo muy rápido de noche. Cuando finalizó todo y apagó el amplificador, volví a acercarme a él para intentar entablar una conversación.

—Señor Terrance, me llamo El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov); es un honor conocerle —dije mientras le tendía la mano.

El viejo se mostró un tanto nervioso, no dejaba de moverse y mascullar cosas sin sentido, siempre mirando al suelo y dándome la espalda. Al comprobar que el viejo me ignoraba, o que simplemente la demencia senil se había apoderado de él, le di un billete de cinco libras. Entonces dijo:

—¿Tiene un cigarrillo, joven?

—Claro.

Le ofrecí un Lucky Strike. El viejo agarró todo el paquete y se lo guardó en su vieja gabardina.

—Ferdinand tiene hambre —masculló señalando al perro después de encenderse un pitillo.

—Podríamos ir a comer algo si le apetece. Sería un honor invitarle… —respondí.

Ayudé al viejo a arreglar el carro. El dueño de la carnicería le dio a Terrance una bolsa con despojos para Ferdinand. Luego seguí al viejo hasta su hogar: un par de cajas de cartón en un callejón, cuatro o cinco calles al sur. Allí dejó su carro y sus cosas encadenados a la tubería exterior del edificio, un burdel convertido en sede de una nueva iglesia redentora del siglo XXI.

—Aquí no les pasará nada: ya saben lo que les ocurre si tocan mis cosas. Además, Ferdinand está de guardia —me susurró antes de hacer un aspaviento y gritarle al perro—: Ferdinand, en garde!

El animal, que en ese momento se lamía los genitales, no se inmutó lo más mínimo.

—Viejo perro chocho —se lamentó el señor Terrence antes de comenzar a caminar hacia algún pub de la zona.

_________________

[1] Arthur Tyler, considerado uno de los músicos y arreglistas de jazz más influyentes durante los años cincuenta en la parte sur de Dakota del Norte. (N. del T.)

CONTINUARÁ…

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