Diario de El Mulo: Encuentro y muerte de Terrence Terrance (II) – 1985

Durante el camino, el viejo me confesó que había apuñalado a dos mendigos que intentaron hacerse con su preciado botín. Creo que, como medida de persuasión, eso era más convincente que un viejo perro tuerto, famélico, sarnoso y epiléptico que se lamía los cojones. Si bien, tenía la sensación de que tanto el viejo cantante como su inseparable cánido daban aún muestras de conservar cierta dignidad. Al menos lo intentaban.

Entramos en The Green Pig Arms, un garito tan oscuro y apestoso que la presencia corporal (para los cinco sentidos) del señor Terrance pasaba desapercibida.

—Suelo venir a este sitio cuando puedo, joven. Me gusta el ambiente, y la música no está mal. Por no hablar de las atractivas señoritas… —dijo Terrance antes de dar un primer sorbo de su mulled wine.

El buen viejo seguía actuando en su papel de joven Terrance, desde luego. O eso o estaba más chocho que su perro, porque el ambiente en aquel sitio era decrépito, repulsivo, decadente; no había música, sólo los gritos de los borrachos cuando se peleaban. ¿Señoritas? Lo más parecido era un gigantesco negro gordo que roncaba en un rincón. Y todos sabían que en su época que lo que atraía al buen viejo señor Terrance en realidad eran atletas de halterofilia rusos.

Solicité para mi acompañante un shepherd pie y sausage roll cuya fecha de caducidad podría ser el duodécimo cumpleaños del tatarabuelo de Enrique VIII. Para mí, una pinta de ale de la casa. O lo que fuera aquella meada de tigre en celo. Tras satisfacer su hambre —bastante grande, por cierto— y después de cinco medias pintas de mulled wine, el viejo soltó todas las cadenas que atenazaban su consciencia. Dejó de mirar a la mesa para mirar directamente a mis ojos, escrutándolos. Entonces pude ver sus grandes iris azules, los cuales proyectaban una mirada de lechuza decepcionada (sí, las lechuzas también se decepcionan). Sin mediar palabra, el señor Terrance comenzó a contar su historia. lo que, al fin y al cabo, yo buscaba desde el principio del encuentro:

—La droga me mató, Mulo (no confundir con el personaje de Asimov). La droga me había matado antes de ir a América. Me ha matado desde entonces. Y los putos nazis, claro. Y la puta mafia. La droga me mató.

Se arremangó y me enseñó el brazo izquierdo: varias hileras de oscuros pinchazos como filas de beduinos en un desierto recorrían todas y cada una de sus venas.

—No soy excesivamente viejo, aunque he vivido mucho. Nací en Austria en mil novecientos veinti… no lo recuerdo, da igual. Mi familia era gitana, una troupe de artistas ambulantes. A finales de los veinte, apenas aprendí a andar, nos trasladamos a Alemania. Cuando los nazis se hicieron con el poder y comenzaron a perseguirnos, yo tenía unos diez años. Nos llevaron a todos a un campo de concentración. Allí gasearon a toda mi familia, claro; a mí me dejaron con vida porque sabía cantar bastante bien y les hice gracia —dijo sin inmutarse—. Y porque era la putita travestida de un capitán médico, Gustav Schmüeller, antiguo campeón de levantamiento de peso de Baviera. Este me protegió, por así decirlo, y calmaba mi angustia a base de drogas experimentales. No he tomado una morfina más perfecta y potente en mi vida que la de aquella enfermería. La fama de mi voz se expandió por las medias y altas esferas de las SS. En 1943 canté ante el mismísimo Führer; hasta nos pinchamos juntos celebrando la llegada del Tercer Reich. Llámame loco, pero creo que llegué a enamorarme de Schmüeller. Ciertamente me enamoré de las drogas que él me proporcionaba, claro. Después acabó la guerra. En nuestra última noche juntos, con los aliados a punto de entrar en el complejo, nos metimos de todo en la sangre. Yo estaba acostumbrado; de hecho, era mi alimento. Pero él no lo estaba, ni mucho menos. Cuando cayó inconsciente, le seccioné los testículos, los cociné y se los hice comer. El muy cabrón murió desangrado gritando que yo era su sucia valquiria gitana.

»Me marché a Inglaterra, donde empecé una nueva vida con una nueva identidad que los servicios secretos británicos me facilitaron por proporcionar y callar cierta información confidencial que atañía a cierto miembro de nuestra amada realeza, el cual estaba relacionado con las SS. Pero continué metido de lleno en el maldito mundo de la droga, claro. Hice de todo para sobrevivir esos años, hasta que una noche, en una fiesta llena de heroína donde yo era un cuerpo disponible para todos y todo, un pez gordo de la industria musical se fijó en mí. Le mostré lo que era capaz de hacer; y también le canté en directo mi primera versión de «Where the ladies… ». Le gusté y el resto es historia.

Dio un largo trago a su mulled wine. Pedí más asquerosa ale para mi y más vino para el señor Terrance.

—¿Qué ocurrió en América? ¿Por qué desapareció repentinamente y sin dejar rastro? —pregunté.

Llegó la bebida a nuestra mesa. El gigantesco gordo negro del rincón se tiró un sonoro pedo que provocó algunos gritos de alegría entre los parroquianos de aquel antro, gritos que dieron lugar a insultos, y estos a una nueva pelea. Fuera comenzó a llover de verdad.

—Nueva York y San Francisco estuvieron bien: ganaba dinero, salía en las revistas, la coca, la marihuana eran decentes y además nunca faltaban. Pero en Las Vegas… Aquello era un caos controlado por la mafia y la corrupción. Nueva York y San Francisco también, pero de otra forma, algo más subrepticia, claro. Allí, en los casinos, disponía de más droga de la que casi podía soportar. Una noche, después de una actuación con Frankie Ojos Azules, subí a mi habitación. Allí me esperaban dos muchachos rubios, campeones de levantamiento de peso (o eso me dijeron), y una bandeja llena de jeringas y material de primera calidad. Nos pasamos un poco; nos lo pasamos bien. Luego yo me pasé mucho con mezclas que recordaba hacer en compañía de Schmüeller. A la mañana siguiente ninguno de los dos chicos respiraba. La mafia me tenía cogido por los huevos, así que ¿qué podía hacer? Yo no era como ellos, por lo que me vi obligado a proporcionar a los servicios secretos americanos cierta información relativa a la los italianos y a cierto gobernador al que le gustaban los caballos de una forma poco ortodoxa. Me facilitaron pues una nueva identidad y me enviaron de vuelta a Londres en el primer avión disponible. El dinero que me ingresaron (unas cincuenta mil libras) en una cuenta bancaria me duró tres meses, tiempo suficiente para consumir la mitad de la heroína de la ciudad. Desde entonces, y creo que ya han pasado unos veinticinco años, he vivido en la calle, alimentándome de toda la droga que he podido conseguir, la misma que me ha mantenido vivo todo este tiempo. No sé cómo he sobrevivido, pero lo he hecho, claro. Soy un superviviente. Y eso es todo lo que te voy a contar hoy, joven. Estoy muy cansado, ¿sabes? —dijo con cierto desprecio justo antes de beberse la última media de mulled wine—. Ahora, si no tienes un poco de caballo, farlopa, morfina, ácidos, un porro o una polla que ofrecerme, creo que será mejor que me vaya con Ferdinand. Ahí fuera están cayendo perros y gatos.

El viejo se levantó con dificultad debido a los años y a los excesos asociados a estos. Se marchó del garito con su dignidad intacta una vez más, supongo. Yo me pedí otra asquerosa ale y brindé conmigo mismo por aquel viejo. Invité a una ronda a toda aquella escoria reunida en The Green Pig Arms y me marché caminando de vuelta al hotel bajo una lluvia torrencial. El callejón del señor Terrance estaba en mi ruta de regreso; pude ver al viejo abrazar y cantar con verdadero amor su perro tuerto, famélico, sarnoso y epiléptico.

Leo en el artículo del Yorker que, según los primeros informes de la autopsia, Terrance fue brutalmente apaleado; después lo apuñalaron con saña unas cincuenta veces. La policía londinense sospecha que los homicidas fueron un grupo de mendigos de la zona que se hicieron con sus pertenencias, «algo muy común en estos oscuros rincones de nuestra sociedad hoy día», opina un comisario que no parece simpatizar con las políticas de Margaret Thatcher. Por su parte, la prensa amarilla inglesa destaca que encontraron a Ferdinand alimentándose de los sesos del buen viejo señor Terrance.

«Because your love is like a drug to me, sweet girl », creo recordar que decía el estribillo de «Where the ladies fear to tread».

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