Memorias de un pésimo escritor (I) – Extractos perdidos – 1991

Según recientes estudios realizados por el grupo de investigación estadístico-literaria de la Universidad de Bulawayo (Zimbabue), El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov) podría haber escrito a lo largo de su vida entre 5 y 294.388 novelas inéditas, de las cuales «entre un 48 y un 106% de ellas se habrían perdido en incendios provocados o habrían sido utilizadas a la hora de pintar el salón de la casa de tus abuelos en Masvingo». Una de estas desconocidas, sorprendentes y maravillosas obras es Memorias de un pésimo escritor, novela de trescientas mil páginas datada en 1991 -dentro del cuarto periodo de depresión azul del genial autor- y de la que sólo se cuenta con un extracto de ocho páginas expuestas con orgullo en las paredes del Salón El Mulo del Museo de Letras Modernas de Laramie, Wyoming (Estados Unidos):

… y el jodido dolor de cabeza impedía a Edmund recordar lo que hizo la noche anterior. Sólo la voz rota, los chillidos y la vagina acorchada de aquella puta sarnosa. La puta que intentó robarle el coche. La puta que le robó su última sonrisa. Todas las putas de su vida fueron maestras de su desidia, pero también el motor de su día a día. Por no hablar de todos esos muchachos lascivos que se la chupaban por cinco míseros dólares. Allí estaba él, tirado sobre el asfalto de cualquier pueblucho de mierda perdido en medio de la nada. La nada. ¿Por qué Linda no le había llamado desde el maldito accidente? Ah, claro, porque él fue el culpable de lo que le pasó a Lucy. Eso fue cuatro años antes. Pobre Lucy, cómo sufrió la condenada. Edmund no tuvo tiempo de llegar a querer a su hijita, aunque sí de dejarla encerrada en el coche todo un día bajo el infernal sol de Arizona. Todo por visitar a aquella puta de pechos dulces. Cuando se los arrancó, la negra chilló como una cerda. Pero Lucy ya estaba muerta. Y él también. Linda no le perdonó. Nunca lo haría. Tendría que volver a Florida. Tendría que volver a cazar.

Tal que así comienza La dama y el aligator Bob (Square & Jones Ed.). El personaje de Edmund, el alcohólico asesino de putas y chaperos, fue, para muchos, una gran jodienda. Otros señalaron que la novela era extremadamente infantiloide porque no se sostenía más que en su lenguaje soez y sus situaciones absurdas. Pero en lo que coincidieron todos es en el inicio del declive de Arthur Leonidas Wade. Es decir, yo.

Más allá de Edmund y las putas y chaperos, tuvieron su parte de culpa las fiestas, el alcohol, la coca, las pastillas, las noches en vela, la coca otra vez, las mujeres y la teletienda a las cuatro de la mañana. La pifié. El perdón y la comprensión se rieron de mí. Todo se fue al garete. Una carrera literaria tan prometedora como una nueva religión basada en ritos orgiásticos se vio acabada de la noche a la mañana, avocada al más triste de los olvidos.

Los insensatos que me habían comparado con Burroughs sólo dos años antes proclamaban a los cuatro vientos la carencia del estilo y la trascendencia del golpe en la garganta con un puño americano (sic) de mi primer libro, Buick rojo, perro azul.

El argumento de La dama y el aligator Bob no es el mejor de los últimos trescientos años, cierto. Las circunstancias de su elaboración en aquella época tampoco fueron las más propicias para crear el nuevo Un mundo feliz. Las prisas a las que me vi sometido por parte de mi agente, Dan McNaughty, y consiguientemente por S&J, se resolvieron insoportables para un muchacho tan creativo y sensible. Sólo tenía veinticinco años, por dios, y un quehacer diario cuyo acontecimiento más convencional era cagar al menos una vez al día en un inodoro para humanos. Parece que es el precio de quien no está preparado/genéticamente-predispuesto para el éxito.

A pesar de todo, fui famoso durante una temporada; incluso se me respetó como autor. Para qué negarlo: fue una época maravillosa para un tío joven, apuesto y rico que se lo quería comer todo (y que más bien se lo bebió, folló y esnifó) sin sopesar las consecuencias de una forma de vida demasiado arriesgada. El problema fue aparcar la profesión de literato («olvidar» quizá se adecue técnicamente mejor a aquellos momentos). Es reseñable, además, el hecho de que la novela maldita fuera redactada en un fin de semana gracias a las metafóricas amenazas de mi agente y la editorial por seccionarme los testículos a los que tanto aprecio he llegado a tomar.

Triple-R: «Rebelde, refrescante y re-hetero-genio» (Rebel, refreshing and re-hetero-genious) fueron algunas de las magníficas calificaciones dirigidas a Buick rojo, perro azul. Se la llegó a señalar como obra de culto según qué sectores de la delincuencia juvenil norteamericana. De hecho, se vendieron alrededor de trescientas mil copias en todo el país, una buena cifra para un debutante en esto de la literatura comercial. Pero con La dama y el aligator Bob lo estropeé todo. Envié a tomar por culo todos los designios vitales y profesionales, los retos auto impuestos desde adolescente y que me impusieron directa o indirectamente desde mi casa con el nacimiento de las pretensiones senatoriales de mi progenitor.

Para menoscabo de mi culpabilidad y cese de autoflagelación, no está de más advertir que por sí sola la novela no destruyó mi vida en aquellos momentos. Tal afirmación no sería justa, porque se produjeron circunstancias ajenas a mi frágil voluntad, así como coyunturas herméticas de la profesión y elementos contextuales peligrosos. En cuanto a esto último, la moda juvenil de los ochenta me pasó factura exactamente igual que al resto de los mortales.

¿Habría servido para ejercer otra profesión que no fuese la de escritor de precarias novelas comerciales? Puede que en un universo paralelo me hubiera ido bien como mánager de grupos folclóricos centroeuropeos, poco más. Desde los desengaños amorosos hasta la obligación moral de tener un intelectual en la familia, todo se dispuso para que yo escribiera, aun haciéndolo rematadamente mal.

Alguien muy importante en el mundillo literario de Atlanta reseñó una vez que «cualquier novela escrita por el primo escocés borracho de Ian Flemming se podría parecer al resultado final de La dama y el aligator Bob». Al principio no me gustó, lo reconozco. Después la consideraría una bendición del cielo si la comparamos con otras opiniones encontradas.

CONTINUARÁ…

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