Memorias de un pésimo escritor (III) – Extractos perdidos – 1991

La voz del tío Henry siempre transmitía mucha tranquilidad y sosiego. Era un placer escucharlo. Además, el viejo y afable Henry sentía debilidad por su querido Arty. Qué tipo tan comprensivo. Incluso me sentía incómodo por haberle hecho perder unos cuantos miles de dólares. Pero tío Henry no era como mi padre. No.

―Arthur, he de ser sincero contigo porque te aprecio como al hijo que nunca tuve. Ya sabes que Henry Jr. es un poco maricón. Le gustan las pelucas, los tacones y las pollas más que a una playmate borracha.

―Lo sé, tío Henry.

―Bueno, a lo que íbamos, hijo. Primero, me has defraudado a mí, tu editor. Pero me temo que también has defraudado a tu padre, gran amigo mío desde Normandía. Para mí, tu padre es más que un hermano. Sois más que mi familia. Es más, cambiaría a mi esposa, a Henry Jr. y a dos de mis pequineses por tu padre sin dudarlo un segundo.

―Lo sé, tío Henry.

―Segundo, ¿por qué demonios escribes? ―Y antes de que pudiera contestar «Lo siento, tío Henry», éste me interrumpió bruscamente:― Ah, ah, ah… Mira, chaval, escribes porque tu padre quería que escribieras ya que tu hermano mayor ha salido un tanto raro; pero, sobre todo, Arthur, ¡porque se ha gastado una enorme suma de verdes contantes y sonantes para que te aprobaran en la jodida universidad y para que yo publicara tu mierda, por eso escribes, imbécil de los cojones! ¿Qué quiero decir con esto? Muy fácil: ¡vete a la infierno, muchacho! Estás acabado. Sal de aquí y dedícate a otra cosa, porque no creo que exista nadie tan jodidamente estúpido o borracho que se atreva a publicar ni siquiera tu esquela. Eres una escoria literaria. Por cierto, saluda a tu padre de mi parte.

Y colgó.

Aun mandándome a la mierda, la voz aterciopelada seguía transmitiendo tanta calma y elegancia como siempre. Tristemente, los negocios son los negocios y ya no hablé nunca más con tío Henry. Murió hace unos cinco años de apoplejía. No me incluyó en su testamento. Sólo incluyó a tres de sus perros pequineses, los más ricos del Estado. Hijos de puta.

Al día siguiente de la ruptura con la editorial, mi padre me llamó por teléfono. Su tono no era tan apacible y reposado como el del tío Henry. Hitler dando un discurso sobre las bondades del semitismo era una exploradora novata al lado de Fred Wade. Pero lo peor, sin duda, era el continuo y cínico discurso moralizante mezclado con el lenguaje deportivo, militar o económico, según las circunstancias de la represalia.

―Me has decepcionado de nuevo, maldito imbécil ―saludó.

―Supongo ―saludé yo igual de afectuoso.

―Mira, Arthur, te lo explicaré de la única forma que sé: haciendo balance, ¿de acuerdo? Claro que estás de acuerdo, eres mi hijo y estás jodidamente de acuerdo, ¿a que sí?

―Supongo ―supuse.

―Comencemos. Activo: debías escribir porque necesitaba un intelectual en mi familia. Para poder aspirar a ser Gobernador o comprar los Clippers se necesitan tres cosas que Fred Wade ha logrado con mucho trabajo: un montón de dinero, respetar a los judíos en la medida de lo posible y tener intelectuales en el seno familiar, gente que pueda decir algo que parezca inteligente y que nadie comprenda. Por eso escribías toda esa porquería… y ahora ya no escribes. Bien. De acuerdo.

―Pero…―intenté construir una réplica casi convincente.

―¡Pasivo!: tu madre vive dentro de su botella de tequila y tu hermano mayor está jodidamente loco y perdido en un desierto a tomar por culo, ¡convertido al Islam como un maldito terrorista! ¡Dice que ahora su padre es el Ayatolá Jomeini, el maldito Satán!

―Lo sé, pero…

―Tú eras lo único que me quedaba, lo único que podía hacerme sentir medianamente orgulloso, pero ya no escribes libros. Es más, Henry me ha dicho que eres una escoria y que un chihuahua escribiría mejor que tú.

―Pero yo… ¿Eso te ha dicho tío Henry? ―rayos.

―También me ha dicho que nadie te va a publicar nada más. Has jodido a mucha gente importante. Le has hecho perder un montón de pasta y a mí la poca paciencia que me quedaba. A lo que iba. Resultado total del balance: una enorme y olorosa… ¡mierda del tamaño de Alaska!

―Yo…

―¿Qué quiere decir esto? Fácil: ya no te considero mi hijo, no verás ni un centavo más ¡y olvídate del Porsche! ―gritó antes de colgar.

Lo del Porsche Carrera fue un golpe muy duro. Lo del dinero también.

Me temo que, efectivamente, había defraudado a mi padre. Al igual que tío Henry, dueño de S&J, Fred Wade, dueño y presidente de Industrias Sanitarias Wade, no volvió a dirigirme la palabra. Mi madre no se la dirigía a nadie desde hacía meses, sólo a su mejor amigo, José Cuervo.

Cuatro meses después de la amistosa llamada de despedida, el FBI detuvo a mi padre. Le condenaron a quince años de cárcel por prevaricación, malversación de fondos y desvío de capitales a un grupo terrorista libio. Más tarde se descubrió que el dinero iba en realidad destinado para la construcción del palacio de mi hermano, el nuevo Emir de Samarq-Al-Fatahli.

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