Memorias de un pésimo escritor (IV) – Extractos perdidos – 1991

* Breves apuntes sobre el origen de la familia Wade:

No soy angelino, aunque me adapté muy bien a la buena vida californiana. De hecho nací en México, si bien pronto me trasladé a California con el resto de mi familia. Mi padre era un veterano de guerra con metralla en el cráneo. Eso pudo desestabilizar su razón, además del alcohol. Acabó en México por culpa de Gonzales.

Gonzales era uno de sus compañeros de batallón en Normandía, un mejicano que emigró a los States en busca de una vida mejor y en vez de eso se encontró una guerra mundial. En una borrachera antes del heroico desembarco, Gonzales hizo jurar a mi padre que si por casualidad caía en combate, éste le llevaría un regalo a su joven prometida, Esmeralda, allá en El Paso, Nuevo México. Por lo visto, esas cosas pasaban muy comúnmente, según cuentan las películas.

Mi padre era un delincuente de palabra y cuando Gonzales murió por intoxicación de tequila la noche antes del desembarco, Fred Wade no dudó en cumplir su último deseo: iría a El Paso y le entregaría a Esmeralda el recuerdo de su prometido. Sólo tardó diez años en hacerlo.

Durante ese intervalo de tiempo, Wade viajó por todo el mundo. Y se emborrachó con todas las bebidas alcohólicas del mundo, pagó los servicios de numerosas putas del mundo, embarazó a muchas de ellas y le dio tiempo a aprender una lección magistral: la vida sin dinero era una mierda muy peligrosa. Por eso, tras diez años recorriendo el planeta, exceptuando la U.R.S.S. y algunos otros centros comunistas de la época, sin mayores expectativas que probar el güisqui y prostíbulos locales, Fred Wade regresó a su querida patria. El sueño americano y el desempleo esperaban al joven héroe. A partir de ahí:

Junio de 1955: Llega a El Paso y conoce a Esmeralda, la viuda de Gonzales. Le entrega el medallón de la Virgen de Santa Fe entre lágrimas, discursos de honor y gloria por el caído y ríos de tequila. Wade decide permanecer en la ciudad para ayudar en lo que pueda a la familia Gonzales.

Finales de 1955: Wade y Esmeralda se fugan de El Paso como alma que lleva el diablo y atraviesan la frontera a México. Esmeralda está embarazada de Fred Wade. El padre, hermanos, primos de Esmeralda y párroco de El Paso albergan deseos de asesinar a Wade con sus propias manos y crucificar boca abajo su cadáver desollado en el centro de la plaza. Se proclaman menos discursos de honor y gloria por los fugados.

Principios de 1956: Después de permanecer cuatro horas y media en Ciudad Juárez, la pareja continúa su historia de amor embarazado en Villa Ahumada, Chihuahua, El Fuerte, Los Machis y Tapolobampo. Para pasar desapercibidos, Esmeralda se cambia el nombre por el de Rosario Lupita y Fred Wade por el de Carlton McEnzie III. Wade trabaja como próspero alabardero provocador de altercados en varias haciendas.

Febrero de 1957: Nace Fred Jr. ―alias Carlton McEnzie IV―. La vida es dura para los McEnzie.

1958: Comienza el éxodo de vuelta a casa. La familia atraviesa el Golfo de California y se instala en la población de La Purísima. Más tarde viajan al norte hasta Santa Rosalía. Allí, el progenitor se encuentra con un viejo compañero de batallón en Normandía: Jack Sterton, alias Chamán Venancio Totopamotec. Había huido de los Estados Unidos acusado de exhibicionismo durante una convención republicana.

((Necesitaría tres libros más para contar todo lo sucedido desde aquel año hasta hoy. Sólo destacaré que nací en Tijuana durante el caluroso verano de 1962 y que mi familia, junto a Jack Sterton, alias Henry Fontana, se instaló humildemente en Los Ángeles hasta que nos tocó la Lotto en 1968 y todos nos hicimos jodidamente ricos, avaros e imbéciles. Tío Henry rehizo su vida y nosotros también. Lo demás es aburrida historia olvidada.))

Sin editorial, sin fondos económicos, sin familia y sin Porsche Carrera. De esta guisa me vi de repente. El castigo, a mi modesto entender, fue demasiado cruel. De acuerdo, ya no contaba con el dinero de mi padre ni la protección de Henry Fontana, ni tampoco de las grandes editoras del país, pero tenía algo mucho más importante: mi inseparable amigo y compañero de batallas, mi Sam Gamyi: Dan McNaughty. Tantos años de relación, de amistad inquebrantable, de orgías; tantos buenos momentos juntos… Imposible, él no me fallaría. Sabía que podía confiar en él, porque él había confiado en mí desde que comenzó mi carrera abajo y lo seguiría haciendo en los malos tiempos, en el subsuelo de las alcantarillas.

―Lo siento, hijo, pero estás jodidamente acabado ―fueron sus últimas palabras antes de colgar el auricular.

Sin editorial, sin fondos económicos, sin familia, sin Porsche Carrera y sin Dan. Ahora sí que estaba hundido.

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