Satanica coniurationis, Ep. I

Clyde Enzo Johnston, socio cofundador de la prestigiosa revista especializada “Peinados y Misterios”, ha muerto a los noventa y dos años de edad en un accidente de helicóptero cuando sobrevolaba los Andes en busca del yetichkarqanchikmi o yeti satánico peruano. El viejo, un entusiasta, loco y ultracatólico periodista del misterio de metro y medio, creía que todo lo que nos rodeaba no era más que una extremadamente compleja, deleznable y mortífera conspiración mundial por parte del poderoso lobby judío de Pine Bluff, Arkansas, una gigantesca mentira desde Pearl Harbor a hasta el helado bajo en grasas para gatos. “Una jodida conspiración perpetrada por esos malditos narizotas asesinos de Jesucristo, nuestro Señor, en Pine Bluff, Arkansas”, solía afirmar Johnston. El tipo tenía como socio capitalista a su cuñado, el gran Thibbodeau Killmisery, multimillonario dueño y fundador del Grupo Killmisery Beauty Industries, a la postre matriz de cadenas de peluquería masculinas tan populares en los ochenta como “Secret Fringe” o “Thibb’s Manly Styles for Manly Gents”, así como creadora de productos cosméticos para perros tan conocidos como “Thibb’s Doggystyle”. En 1978, Johnston convenció primero a su hermana, Clemenza, y ésta luego a Killmisery, de que “Peinados y Misterios” podría ser un producto con gran futuro en las tres mil sesenta y cinco peluquerías del grupo Killmisery repartidas por todo Estados Unidos y parte de Canadá. La señora Killmisery amenazó al señor Killmisery con dormir en la misma habitación si no accedía a la propuesta de su querido hermano; Thibbodeau no lo dudó un instante, sin importarle cuánto costara el proyecto. Personalmente aún sigo creyendo que el concepto de esta revista era innovador y muy inteligente: mezclar contenidos de investigación del misterio con últimas novedades en el mundo del estilismo; o lo que es lo mismo, leer un reportaje de investigación sobre la teoría que sitúa a la Atlántida exactamente en los servicios para mujeres de un supermercado de Andalusia, Alabama, junto a un anuncio a doble página de la serie de pelucas estilo Nick Lowe creada por el Grupo Killmisery.
Pues bien, trabajé para “Peinados y Misterios” durante sus primeros meses de vida, allá por 1979. Una mañana de junio recibí la llamada de un entusiasmado y convincente Johnston:
-Hola, El Mulo (no confundir con el personaje de Asimov). ¿Te interesaría trabajar para “Peinados y Misterios”? -dijo con su acentuado frenillo.
-¿Pero qué…? ¿Es una puta broma? Estoy muy ocupado con mi nueva novela y no tengo tiempo para gil…
-Cinco mil pavos en efectivo por reportaje de investigación, cuatro páginas incluyendo fotos y diagramas, tantos reportajes como y cuando quieras -soltó como estertores de un orgasmo-. Y tarjeta de descuento en el grupo Killmisery, para ti y para tu perro.
-¿Dónde hay que firmar?
Por entonces yo tenía un chihuahua bizco llamado Señor Pedro al que tomé mucho cariño, por lo que no pude rechazar la oferta.
-Mañana a primera hora te llegará por correo un billete de ida y vuelta en business a Los Ángeles; te hospedarás en el Hilton. Todos los gastos de esta aventura correrán a cargo de “Peinados y Misterios”, claro. Y cuando digo “todos” me refiero a “todos”, incluidas putas filipinas con o sin cojones que sepan cantar arias de Mahler mientras se mean en tu pecho, que Dios me asista si eso es lo que deseas. Vienes, firmas y escribes.
-¿Y quién es el editor?
-Yo, por supuesto. ¿Algún problema?
Cinco mil pavos por artículo de pseudo-ciencia nunca han sido un problema, la verdad. Ni para mí ni para ningún periodista, por mucho Pulitzer en las vitrinas que tenga. Hice un par de llamadas y me enteré de que el viejo Johnston había fichado a estrellas de la talla de Monroe McMullin, Steffany Pomodorakis o el mismísimo Jean-Claude Cochonûtte. No me lo pensé mucho más.
Al día siguiente, ya en LA, me encontré en el despacho de Johnston, un museo del horror y la infamia repleto de máscaras aborígenes, animales extraños, cráneos humanos deformes, y todo presidido por un gigantesco crucifijo bajo lo que se suponía era la momia de un alienígena encontrado en el siglo XVII en una montaña turca y que en realidad tenía un parecido más que razonable con un viejo chino calvo y sin dientes chillando en silencio. Firmamos el contrato y nos dimos la mano:
-Tu primer encargo será en Italia, hijo. Mañana partirás hacia el Vaticano e investigarás a una figura en la sombra que sospechamos está en la nómina del lobby judío de Pine Bluff, Arkansas. Una prestigiosa agencia de detectives portuguesa ha conseguido reunir algunos datos para empezar, pero yo quiero la historia, ¿entiendes?- Johnston me acercó una carpeta con el sello de Gomes Detetives Particulares que contenía media página escrita a mano con información personal y la foto de un cardenal con cara angelical que me recordaba a Bob Hope-: Grimaldo Domenico Francesco Degli Abissi, mano derecha del nuevo Papa Juan Pablo II, un personaje más oscuro que los huevos de Richard Pryor metidos en brea. Has de tener mucho cuidado, hijo, Degli Abissi es el demonio apoyado por esos malditos narizotas de Pine Bluff, Arkansas. Temo que su intención sea la de destruir la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana desde dentro, pero aún no sé cómo. Saca todo lo que puedas, porque si conseguimos algo podremos pararle los pies a esos pollas-sin-capuchas y, quién sabe, incluso podríamos colocar la historia en portada, ¡junto al último peinado de Rod Stewart! ¿Qué te parece?
Tomé aire profundamente y solté con un hilo de voz:
-¿Dices que todos los gastos son pagados?
-Todos, incluida una ingente cantidad de cocaína colombiana de primera traída expresamente por un burro llamado Fredito, que Dios me asista si es lo que deseas.
-Dame diez días -dije tras pensármelo ningún segundo.
-Hecho. Stacey arreglará todo lo que necesites…
Stacey era su secretaria: un tipo negro de dos metros con la voz de James Earl Jones vomitando en el interior de un camión cisterna.
Tras leer detenidamente el perfil de Degli Abissi, hice un detallado plan de viaje para la investigación que incluía una parada previa en Las Vegas y otra en Bermudas. Stacey, si bien no partía como favorito para ganar Miss Sonrisa Secretaria, realizó todas las gestiones de forma extremadamente rápida y eficiente. Y así, a la mañana siguiente, me dispuse a surcar los cielos en busca de una absurda historia de conspiración judeo-satánica y viejos envueltos en sotanas que, por lo demás, me pagaría las facturas un par de meses.

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