Sticky Fingers (I)

En febrero de 1983 regresé de nuevo a Londres, esta vez para promocionar mi recopilatorio de escritos Mahatma, basura espacial y pantalones de nylon, del cual creo que se lograron vender unos ochenta y nueve ejemplares aquel año. Por entonces Absolute Shit aún consideraba que yo era su estrella emergente ―después de casi quince años continuaba emergiendo, de ahí que muchos pasaran a llamarme «El Submarino (no confundir con…)»― y no reparó en gastos para cruzar el charco y engañar a la flema británica, también conocida como New Wave, en unos tiempos revueltos que, según afirmaban, aportaban buenos resultados financieros. Tras la exitosa presentación en un club literario del Soho a la que acudieron aproximadamente seis personas, de las que dos sólo hablaban parsi, los gerifaltes de Absolute Shit organizaron una fiesta por todo lo alto en el Roundhouse de Camden a la que, según me dijeron, no faltó ningún nombre del efervescente círculo literario británico de la época, desde Notengoniputaidea hasta Noséquiéncojoneseres (al cabo de los años me enteré de que este último era en realidad Neil Gaiman). Este tipo de fiestas llenas de humo de tabaco y marihuana, en las que suenan sin cesar The Clash, Ornette Coleman o Brahms, la comida sabe a arena de gato usada y los artistas vomitan circunloquios abrasivos mientras sus acompañantes les masturban el escroto del intelecto con la mirada, son realmente aburridas, ya sea bien porque artistas y acólitos normalmente somos todos subnormales (científicamente demostrado por la Universidad de Cracovia), o bien porque hay escasez de crack, coca, LSD y/o peyote. En este caso convergían las dos razones y así se lo hice constar con efusividad a mi editor, Dan McNaughty:
―Esta fiesta apesta, Dan. Estos tipos canijos con esos peinados me dan náuseas: hieden a tabaco escupido por un buitre con halitosis. Sólo hablan de gilipolleces sin sentido y del puto soccer. ¿Has visto sus dientes? Madre de dios, estoy seguro de que si te muerden te contagian directamente la peste bubónica ―dije antes de dar un enorme trago al bourbon―. ¿Y las drogas? ¿Dónde están las malditas drogas? Necesito un poco de lo que sea, maldita sea. ¡Si me clavas una estaca de hierro oxidado en el coxis quizá me divierta más!
―Ey, ey, Mulo (no confundir…), no te preocupes ―me apaciguó Dan con ese tono de condescendencia tan profesional que le caracterizaba―. Conozco a un tipo de confianza que conoce a un camello pederasta que vende de todo a buen precio. ¿Qué quieres, peyote, coca, ácido, heroína? Pídeselo a tu Dan y tendrás el mejor material de todo el norte de Londres.
Dan sabía domar a un mulo enfadado.

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