Sticky Fingers (III)

¿Por qué cojones tenía yo que convencer de nada a autores de los que no conocía nada? ¿Por qué querían que ejerciera de intermediario entre una multinacional a la que yo había dado mi vida y unos absolutos desconocidos? Aún con estas cuestiones flotando en mi cabeza, me dejé guiar por Dan hasta el otro lado de la fiesta. Durante el trayecto esquivamos con agilidad toda una fauna de artistas con el mismo talento de un vendedor de tickets de metro de Brooklyn: nauseabundos individuos de toda ética y estética, nuevas y viejas, que tejían entre bocanada y bocanada de marihuana aforismos del tipo «la coherencia de la incoherencia es su propia falta de coherencia», «Norman Mailer escribe sin pasión y Margaret Thatcher es una maldita puta» o «dejaría que George Best sodomizara a mis hermanas e incluso a mi abuelo Ellroy»; tipos con gafas oscuras y acentos remilgados que se creían los nuevos Chestertons o Hughes y recitaban poemas propios entre ademanes de aprobación; feministas de aspecto amenazante cuyas novias parecían maniquíes recién sacados de la fábrica de Barbie que hay a las afueras de R’Lyeh. Supongo que el problema estaba en mí, en que yo creía pertenecer a otra generación y otra cultura diferentes que, a grandes rasgos, eran la misma bazofia. El cambio de década no me había sentado nada bien, y posiblemente mucha culpa de ello la tuvieron la consolidación de la batería electrónica en los grupos de rock y, sobre todo, aquellos malditos peinados de moda. A día de hoy creo que viví aquellos años como una mala resaca de ácido lisérgico. Al cabo de unos metros y dos o tres saludos superficiales, Dan se detuvo de repente. Miraba (sondaba más bien) con curiosidad a un grupo de tres tipos que permanecían de pie y bebían zumos en un apartado. Eran, sin duda, los tres tipos más llamativos y raros de aquel lugar lleno de tipos llamativos y raros y gilipollas, un trío apto para interpretar un vodevil satánico escrito por Tod Browning: a la izquierda, un mastodonte bípedo de color azabache, de seiscientos metros y siete mil toneladas, ni joven ni viejo, sólo eterno, sonreía sin cesar con la mirada perdida en el espacio-tiempo. El conjunto del rostro, de tamaño normal para un ser humano, se hundía dentro de una enorme bolsa rebosante de lodo viscoso que estaba coronada por una alfombra de pelo negro ensortijado con la que se podría cubrir el pubis de Allison Hayes en la versión porno de La mujer de 50 pies. Aquel ser flotaba bajo una fina túnica lapislázuli estampada en blanco con motivos africanos (jirafas, baobabs, rinocerontes…), una tela con superficie suficiente como para patentar una parihuela para elefantes adultos hidrocefálicos. Los ojos, en cambio, eran proporcionalmente diminutos respecto al todo y brillaban como los de una niña en shock por la muerte violenta de su perro a manos de un vecino psicópata. De vez en cuando, como si recordara algo gracioso más allá de las paredes del universo, soltaba una risotada fina que subía desde el abdomen hasta su sempiterna sonrisa, agitando aquel el paisaje africano bicolor como un efímero tsunami.

―La mole es Gurú Shockti, creo que habrás oído algo de él ―comenzó a explicarme de soslayo Dan―. No es gurú ni pollas en vinagre, sino un pobre subnormal encerrado en un cuerpo gigantesco. Su nombre real es DeAndre Higgins, huérfano y, a pesar de sus vestimentas, no nació en África, sino en Baton Rouge, Nueva Orleans. Hasta donde sabemos, nunca ha tenido más de dos o tres neuronas, pero a los catorce años ya contaba con ese cuerpo, así que los cazatalentos del fútbol comenzaron a ojearlo y fue ascendiendo, a base de placajes, hasta alcanzar la puñetera NFL. Calentó banquillo un par de temporadas con los San Francisco 49rs hasta que se lesionó de gravedad en un accidente con un caballo al que ringó mortalmente y que le provocó una fractura de rodilla. El tipo, como puedes observar, es especial y le ha dado siempre todo un poco igual, pero a sus agentes de entonces no, así que no dudaron en usar la letra pequeña de sus contratos para desplumarlo como a un pollo ciego cuando vieron que su carrera profesional estaba más que acabada. Estas cosas funcionan así, Mulo (no confundir…).

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