STICKY FINGERS (V)

«Estupendo, sencillamente estupendo. Necesito un camión de LSD», me dije. A la derecha de Guru Shockti, en el centro del grupo, se erguía del suelo a duras penas un pequeño hombrecillo, regordete pero elegantemente vestido (al menos en concepto) con traje de tweed marrón diez tallas mayor de la correcta. Este hombrecillo se caracterizaba, a primera vista (y a segunda, y a tercera…), por dos enormes y terroríficos ojos turquesas tan saltones que parecían flotar fuera de las cuencas, negando en primer lugar la existencia de la física conocida, y en segundo la de los párpados y cejas. Ambas esferas flanqueaban una diminuta y redonda nariz roja cubierta de eccemas blanquecinos. Su brillante y rosácea calva, con alguna que otra cavidad craneal, estaba condonada con gracia surrealista por una rizada melena rubia que le caía sobre los hombros, lo que le aportaba cierto aire de ángel condenado a la disentería para toda la eternidad. Cada segundo un tic nervioso le provocaba todo tipo de mohines en el rostro, afectando sobre todo a la boca, de la que sobresalían cuatro o cinco dientes grisáceos mal colocados.

―El tipo bajito que parece sacado del Juicio Final de El Bosco ―retomó de nuevo Dan― se llama D. K. Ballantines. Tiene unos cuarenta y cinco años o así, pero lleva relativamente poco tiempo en esto de las letras a escala profesional. En el último par de años ha publicado en varias cabeceras underground de Nueva Inglaterra y Alemania, y está comenzando a llamar la atención por su temática y estilo. Lo queremos con nosotros ya, hijo.

-¿Qué escribe este tal Ballantines? –pregunté justo antes de dar un largo trago a mi copa.

-Poesía. De hecho, es uno de los inventores del movimiento «TPP» inglés.

La respuesta me sorprendió paladeando aún el bourbon y fue tan inesperada que escupí una nube de aquel preciado líquido creado por arcanos dioses desdentados, endogámicos y zoofílicos de Kentucky, lo que provocó que muchos asistentes, incluidos nuestros tres objetivos, desviaran sus miradas curiosas hacia nosotros.

-¿Ese tipo es uno de los Ocho Adalides de la TecnoPornoPoesía de Norfolk[1]? –pregunté a Dan bajando la voz en grito todo lo que pude-. ¡Me habré hecho al menos trescientas cuarenta pajas con sus poemas de Aquel cálido chumino venido de las Nubes de Magallanes y otros poemas!

-Bien, veo que le conoces –continuó en voz baja Dan-. Él es «Poeta número 6», un puto genio de los versos en los que conjuga con proverbial maestría el futurismo, la ciencia ficción y los coños mojados. El loco de H. R. Giger me aseguró que Ballantines era una de sus musas actuales. Te digo que en esa cabeza de alienígena de feria rumana hay más talento que en una orgía de los Nobel, y todos los buitres de las editoriales se están peleando por hacerse con sus servicios. Tienes que ganártelo, Mulo (no confundir…) –dijo con total seriedad-, hay mucho dinero en juego.

-¿Algún consejo? ¿Algún punto débil que me ayude? –pregunté con cierta presión, limpiándome el bourbon de la cara con el puño de la camisa.

-Los chochos –respondió en seco-. El tío es un salido de dos pares de cojones, pero no tiene mucho éxito porque, como puedes comprobar, es más feo que el zurullo de Jabba El Hutt. Así que arréglatelas como quieras, pero gánatelo, hijo.

_________

[1] Movimiento poético de principios de los 80 nacido en Norwich, Norfolk (Reino Unido) que instauró las bases de posteriores corrientes literarias tan populares como la «Pornopoesía Mágica» colombiana o «TecnoErotismo Ilustrado Magiar» húngaro. (N. del T.)

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