STICKY FINGERS (V)

«Estupendo, sencillamente estupendo. Necesito un camión de LSD», me dije. A la derecha de Guru Shockti, en el centro del grupo, se erguía del suelo a duras penas un pequeño hombrecillo, regordete pero elegantemente vestido (al menos en concepto) con traje de tweed marrón diez tallas mayor de la correcta. Este hombrecillo se caracterizaba, a primera vista (y a segunda, y a tercera…), por dos enormes y terroríficos ojos turquesas tan saltones que parecían flotar fuera de las cuencas, negando en primer lugar la existencia de la física conocida, y en segundo la de los párpados y cejas. Ambas esferas flanqueaban una diminuta y redonda nariz roja cubierta de eccemas blanquecinos. Sigue leyendo

Sticky Fingers (IV)

»Al poco de arruinarse ―continuó Dan―, Higgins fue invitado por un conocido suyo a un concierto de los Jefferson Starship en San Francisco. Cuando estaban presenciando la actuación en el backstage, un admirador secreto de la cantante Grace Slick se coló allí haciéndose pasar por un periodista de NME y sacó una navaja automática para meterle un tajo en la garganta en claro gesto de amor. Higgins se percató de sus intenciones (creo que el tío se llevó todo el puto concierto gritando que iba a rajarle el cuello) y, justo cuando el desconocido se iba a abalanzar sobre su víctima, le agarró del brazo con una mano y se lo partió por tres sitios antes de dejarlo inconsciente de un abrazo; detuvieron al loco (que resultó ser un vendedor de cortinas de baño de Sacramento o un taxista de Oklahoma, no me insistas, no lo recuerdo bien) y Higgins pasó a ser un héroe. Así que, tras oír la historia y calcular a ojo el tamaño de lo que le cuelga entre las piernas al bueno de Higgins, Slick le ofreció un puesto como guardaespaldas personal. Él aceptó el trabajo y comenzó a girar y a meterse de todo por América con la banda. Sigue leyendo

Diario de El Mulo: Encuentro y muerte de Terrence Terrance (II) – 1985

Durante el camino, el viejo me confesó que había apuñalado a dos mendigos que intentaron hacerse con su preciado botín. Creo que, como medida de persuasión, eso era más convincente que un viejo perro tuerto, famélico, sarnoso y epiléptico que se lamía los cojones. Si bien, tenía la sensación de que tanto el viejo cantante como su inseparable cánido daban aún muestras de conservar cierta dignidad. Al menos lo intentaban.

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Diario de El Mulo: Encuentro y muerte de Terrence Terrance (I) – 1985

Acabo de leer en el Yorker que han encontrado el cadáver de Terrence Terrance. Tenía sesenta años (aunque en la autopsia se comenta que parecía el cuerpo de un anciano de noventa) y una larga historia a sus espaldas, una de esas que no suelen aparecer en el Top Ten de las biografías más vendidas del año en las listas de Navidad de la revista This is American life! de Los Angeles. Terrance fue una estrella fugaz en la música ligera de los años cincuenta, un crooner británico de importación que brilló un par de años en Nueva York, California y Las Vegas hasta que, de la noche a la mañana, desapareció como si un huracán se hubiera llevado su alma del desierto de Nevada a no se sabe qué destino. Casualidades de la vida, hace un año encontré ese lugar: su vieja y añorada Londres.

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