Sticky Fingers (III)

¿Por qué cojones tenía yo que convencer de nada a autores de los que no conocía nada? ¿Por qué querían que ejerciera de intermediario entre una multinacional a la que yo había dado mi vida y unos absolutos desconocidos? Aún con estas cuestiones flotando en mi cabeza, me dejé guiar por Dan hasta el otro lado de la fiesta. Durante el trayecto esquivamos con agilidad toda una fauna de artistas con el mismo talento de un vendedor de tickets de metro de Brooklyn: nauseabundos individuos de toda ética y estética, nuevas y viejas, que tejían entre bocanada y bocanada de marihuana aforismos del tipo «la coherencia de la incoherencia es su propia falta de coherencia», «Norman Mailer escribe sin pasión y Margaret Thatcher es una maldita puta» o «dejaría que George Best sodomizara a mis hermanas e incluso a mi abuelo Ellroy»; tipos con gafas oscuras y acentos remilgados que se creían los nuevos Chestertons o Hughes y recitaban poemas propios entre ademanes de aprobación; feministas de aspecto amenazante cuyas novias parecían maniquíes recién sacados de la fábrica de Barbie que hay a las afueras de R’Lyeh. Sigue leyendo

Sticky Fingers (II)

―Quizá un poco de LSD ―dije al fin― porque, demonios, esta fiesta está muerta.
―No te preocupes, hijo, tendrás el mejor LSD que haya en este maldito barrio de Londres; si hace falta, pido un taxi, voy a Cambridge y se lo quito de la sangre al mismísimo Syd Barrett ―me consoló dándome una suave palmada en la espalda―. De hecho, no sería la primera vez. Maldito loco… ―musitó antes de darle un trago a su Martini―. Bueno, dejémonos ahora de gilipolleces y hablemos de negocios: te hemos traído aquí por una razón, no creas que esta fiesta que nos ha costado diez mil pavos es porque somos gilipollas y nos gusta tirar el dinero por ahí; eso era el año pasado. Sigue leyendo

Sticky Fingers (I)

En febrero de 1983 regresé de nuevo a Londres, esta vez para promocionar mi recopilatorio de escritos Mahatma, basura espacial y pantalones de nylon, del cual creo que se lograron vender unos ochenta y nueve ejemplares aquel año. Por entonces Absolute Shit aún consideraba que yo era su estrella emergente ―después de casi quince años continuaba emergiendo, de ahí que muchos pasaran a llamarme «El Submarino (no confundir con…)»― y no reparó en gastos para cruzar el charco y engañar a la flema británica, también conocida como New Wave, en unos tiempos revueltos que, según afirmaban, aportaban buenos resultados financieros. Sigue leyendo

Memorias de un pésimo escritor (IV) – Extractos perdidos – 1991

* Breves apuntes sobre el origen de la familia Wade:

No soy angelino, aunque me adapté muy bien a la buena vida californiana. De hecho nací en México, si bien pronto me trasladé a California con el resto de mi familia. Mi padre era un veterano de guerra con metralla en el cráneo. Eso pudo desestabilizar su razón, además del alcohol. Acabó en México por culpa de Gonzales. Sigue leyendo