El impuntual y tu muerte

Simone de Bubien

Lo que más me ha inquietado siempre del impuntual es que parece estar orgulloso de su impuntualidad:

  • Yo soy suuuuuuuuuuuper impuntual.

Dicen algunos con la sonrisilla en la comisura de los labios. Qué risa, eh, hijoputa. Tenía una amiga que era muy impuntual, lo sabía, pero necesitaba serlo, era algo así como una diva. Todos esperábamos cómo terminaba de retocarse sus labios carmesí, su perfecto eyeliner que nos miraba casi rogándonos perdón, pero que, ¿y lo perfecto que era? Bajaba las escaleras como Norma Desmond en su gran escena final. Todos mirábamos lo guapa que estaba y le ladrábamos por su impiedad temporal.

Tuve un novio muy impuntual, era muy presumido y yo siempre solía esperarlo mínimo treinta minutos. Yo no era menos presumida. Pero tengo una puntualidad enfermiza. Puede que sea TOC.

Hablaba con un amigo que hay algo de malévolo en el impuntual. Es una deducción muy lógica…

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STICKY FINGERS (V)

«Estupendo, sencillamente estupendo. Necesito un camión de LSD», me dije. A la derecha de Guru Shockti, en el centro del grupo, se erguía del suelo a duras penas un pequeño hombrecillo, regordete pero elegantemente vestido (al menos en concepto) con traje de tweed marrón diez tallas mayor de la correcta. Este hombrecillo se caracterizaba, a primera vista (y a segunda, y a tercera…), por dos enormes y terroríficos ojos turquesas tan saltones que parecían flotar fuera de las cuencas, negando en primer lugar la existencia de la física conocida, y en segundo la de los párpados y cejas. Ambas esferas flanqueaban una diminuta y redonda nariz roja cubierta de eccemas blanquecinos. Sigue leyendo

Sticky Fingers (IV)

»Al poco de arruinarse ―continuó Dan―, Higgins fue invitado por un conocido suyo a un concierto de los Jefferson Starship en San Francisco. Cuando estaban presenciando la actuación en el backstage, un admirador secreto de la cantante Grace Slick se coló allí haciéndose pasar por un periodista de NME y sacó una navaja automática para meterle un tajo en la garganta en claro gesto de amor. Higgins se percató de sus intenciones (creo que el tío se llevó todo el puto concierto gritando que iba a rajarle el cuello) y, justo cuando el desconocido se iba a abalanzar sobre su víctima, le agarró del brazo con una mano y se lo partió por tres sitios antes de dejarlo inconsciente de un abrazo; detuvieron al loco (que resultó ser un vendedor de cortinas de baño de Sacramento o un taxista de Oklahoma, no me insistas, no lo recuerdo bien) y Higgins pasó a ser un héroe. Así que, tras oír la historia y calcular a ojo el tamaño de lo que le cuelga entre las piernas al bueno de Higgins, Slick le ofreció un puesto como guardaespaldas personal. Él aceptó el trabajo y comenzó a girar y a meterse de todo por América con la banda. Sigue leyendo

Sticky Fingers (III)

¿Por qué cojones tenía yo que convencer de nada a autores de los que no conocía nada? ¿Por qué querían que ejerciera de intermediario entre una multinacional a la que yo había dado mi vida y unos absolutos desconocidos? Aún con estas cuestiones flotando en mi cabeza, me dejé guiar por Dan hasta el otro lado de la fiesta. Durante el trayecto esquivamos con agilidad toda una fauna de artistas con el mismo talento de un vendedor de tickets de metro de Brooklyn: nauseabundos individuos de toda ética y estética, nuevas y viejas, que tejían entre bocanada y bocanada de marihuana aforismos del tipo «la coherencia de la incoherencia es su propia falta de coherencia», «Norman Mailer escribe sin pasión y Margaret Thatcher es una maldita puta» o «dejaría que George Best sodomizara a mis hermanas e incluso a mi abuelo Ellroy»; tipos con gafas oscuras y acentos remilgados que se creían los nuevos Chestertons o Hughes y recitaban poemas propios entre ademanes de aprobación; feministas de aspecto amenazante cuyas novias parecían maniquíes recién sacados de la fábrica de Barbie que hay a las afueras de R’Lyeh. Sigue leyendo